Carta Sussex

Por Vicente Van Door

Querida:

No hay por qué temer, la comunicación es factible. Las posibilidades están dadas sólo es cuestión de disfrutar de la dulce e impalpable digitalización de nuestros corazones al ritmo de las trompetas de otras épocas. Podemos decir lo que sentimos gracias a un entramado de complejas armonías de estertores en 8 bits. Estamos más abiertos los unos a los otros. Logramos la descompresión del hermetismo sofocante producto de la perversa y autoritaria histeria colectiva de ciertos individuos que aún siendo iguales a nosotros gozan de una mayor porción de realidad en su ser. Estos originales son la fuente del verdadero sonido de nuestra risa y están regulados por un tempo ajeno a nuestros credos. Observan con lástima nuestro esfuerzo por coronar  los más íntimos  caprichos pero a veces también se burlan mientras gestan la distopía que revalorizará el presente. No creo que sea la presentación de este panorama lo que vuelve comprensible la tristeza de Vicente, sin embargo insisto en que de haberle facilitado el acceso al mundo de las relaciones virtuales jamás hubiese caído en el patetismo de buscar  la fragancia adecuada para tantos litros de tinta con los cuales jamás escribió nada. Te recuerdo que le pagamos a un profesional mal afeitado y adicto a los sahumerios del supermercado con 16 horas de humillación diaria para que nos diga que la obsesión de Vicente con hacer de su habitación una réplica exacta de la de Van Gogh habría nacido en un trauma ocurrido a los 5 años de vida del niño cuando se empachó con una caja de crayones Jovi. En sesiones posteriores tras desenroscarnos de una posición cuasi yoguística nos lanzamos algunos improperios y descubrimos gracias a la terapéutica flema del profesional mal afeitado que aquel primal empacho sucedió mientras alguno de nosotros miraba a la pareja del vecino y el otro cuidaba su plantita en el patio compartido del dúplex. Ni siquiera logramos equivocarnos juntos  porque en el momento en el que uno hacía un curso de costura el otro teorizaba sobre la importancia de comprarle  a las gitanas de la plaza esos costureritos que venían bastante completos. Mientras uno organizaba un grupo de meditación el otro fabricaba molotovs con paquetes de arroz integral. De uno de esos grupos surgió la idea de crear un centro de educación donde se pudiera elegir libremente qué miedos sería prudente transmitirle a nuestra prole. Importamos y exportamos mandatos a diestra y siniestra durante más tiempo del recomendado por lo que creo que es momento terminar con esto y de hacerle la vida más fácil a Vicente poniéndole un puerto usb en el ano antes de que cumpla los 15. Eso y sacarlo del colegio por lo menos hasta que se normalice la situación de las caras de hastío y desamor de los docentes. Si te lo escribo en una servilleta es para que no lo tomes como una respuesta al video de mierda que me dejaste por inbox. Nada más. Te quiero, acordate de que mañana almorzamos con lo que queda de mi madre.

Besos, Claudio.

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