Fausto de Marlowe

Por Nicolás Ghigonetto

El fausto de Marlowe nos propone “un par de fantasmas” que engendran ciertos problemas.

En primer lugar, el doctor, ha incursionado en dos artes: a) la teología y b) la ciencia y, posteriormente quiere entrar en la magia.

Las dos primeras, se acuñan, en una primera instancia, como dicotómicas. Hartas son las rivalidades entre curas y médicos en la actualidad. Pero, en la lectura que realiza Gadamer, la ciencia y la religión no son más que las dos caras de una misma moneda. Un vil metal que propone homogeneizar el tiempo. Un tiempo que consiste en “lo real”, aquellas cosas que suceden dentro de lo ordinario o común. El tiempo en que se trabaja, se estudia, se come, etc. Este tiempo será el único permitido por la iglesia y la ciencia despojando al tiempo de lo irreal, el misticismo.

Si la religión y la ciencia son complementarias, la magia es una superación de ambas. Es el miedo a caer en el tiempo extraño. La invitación al abismo de espanto. La llave que lleva al agujero de lo fantástico. El conocimiento en estado puro. Porque el orden del conocimiento jamás puede hallarse en este espacio/tiempo, sino que se encuentra, como predijeron los alquimistas, fundiendo los metales. Metáfora pura de la fundición del manto de la realidad para llegar a la belleza de lo misterioso.

Por los discursos que en la novela se explayan, tenemos tres consejos vivenciales.

Llamo vivencial al acto de adentrarse en la lectura, que es un símil del acto de conocer.

El primer discurso plantea a Fausto terminar los estudios (teología y medicina) y luego “profundizar el conocimiento”, mientras que el segundo, lo persuade para que se adentre en la magia y los placeres que ésta le traerá.

He aquí lo vivencial. Mientras fausto es aconsejado, el lector también. Si el lector lee sólo el comienzo del libro conocerá sólo el tiempo que la Iglesia y la ciencia proponen, mas si el lector se adentra en el libro, se adentrará en el conocimiento y en el discurso de la magia, que es el más sabio de todos. Pero también es el tiempo maldito. Porque es necesario vender el alma para adentrarse, porque es necesario vivir errante en “el lugar sin límites”, como diría Mefistófeles, que es el infierno.

 

 

 

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