Perros rabiosos – Poema inédito por Pablo Ramos

Por Pablo Ramos

Hay días en que me levanto temprano. No porque quiera. Alguien me llama por teléfono.
─¿Ramos?
─Sí.
─Llamo por los talleres.
─Claro. ¿Me leíste?
─No.
─Ah, ¿ni un poco?
─Nada.
Es uno de esos llamados que termina en entrevista. Lo de siempre: que escribe, que a su jefe, a sus amigos y a sus novios (casi siempre son mujeres) les gusta mucho lo que ella escribe. Etc.

Yo le digo que está bien, que son $100 por mes, una vez por semana, dos horas y media.
Todas vienen una primera vez. Jóvenes y lindas a veces. Alegres y tan perfumadas que las adoro. Algunos novios esperan, celosos, en el hall.
─Lógico─ las tranquilizo, es la primera vez, la casa de un hombre solo.
Empezamos y no sé qué decir. Silencio de minutos. Ellas sacan una libretita y una lapicera de pluma retráctil. Una verdadera novedad. Digo que linda y me regalan la pluma. Yo me aflojo y hablo, de golpe hablo y hablo y hablo. Ellas anotan, yo siento que no me escuchan, que sólo anotan, intentan pescar el secreto.
Yo soy sincero, a veces soy brutal. Les digo como mínimo 3 cosas:
1. Hago esto por dinero.
2. No sé enseñar nada.
3. No escribo desde la sapiencia de nada.
Se van y supongo que piensan, que deben pensar que soy un amarrete, que me guardo ese secreto que no pudieron anotar: el éxito. Parece una locura pero es así. El éxito es que me hayan publicado: pasármela sin un mango la mayor parte del tiempo. No ven que es una enfermedad. Por ejemplo, el mes pasado no pude pagar la luz (y eso que trampeo el medidor). La cuota de mis hijos. 4 gatos llenos de pulgas porque el Power vale $9 que por 4 da $32. Y todo eso. Igual que a ellas supongo: a mi me pasa lo que le pasa a todos. Con el agregado de que si estoy escribiendo una novela estoy irascible: soy insoportable cuando escribo.
Supongan que viajo con mi mujer en un micro, que vamos a San Juan (me gusta San Juan) a la feria del libro. Me duermo con la película, me duermo protestando. Ella se enoja, me dice: “Te aburre la tele, te aburre el cine, te aburre bailar, te aburre la música para bailar, nada te gusta Pablo”.
Me dice: “No sé, a cualquier pendejo le valorás cualquier cosa, lo tratás con respeto y a mí me discutís todo, ¿pensás que soy una hueca?”
Y yo que no, que no es eso mi amor. Y no es eso: estoy escribiendo. Y creo que esta vez no me va a salir. Si yo la adoro.
Le digo: “Si te adoro, te valoro tanto”
Ella se da vuelta en el asiento y se duerme. Yo me duermo hacia el otro lado, hacia el lado derecho. Por el hígado, no para darle la espalda.
Pienso: “Va a pensar que le doy la espalda”
Al rato ella me sacude, quiere ir al baño y yo estoy en la butaca del pasillo. Quiere mear: llevamos 10 horas acá adentro. Le sonrío y corro las piernas. Ella va y vuelve, serena: después de una meada siempre se le pasa todo. Se duerme y esta vez me toma de la mano. Yo estoy por llorar. La amo tanto. No me duermo por miedo al choque frontal y, kilómetro tras kilómetro, pienso. “Ojala que no me deje”. Rezo. Yo a veces rezo, se me va el miedo que tengo: el miedo que me metieron a los golpes cuando me golpearon. Y pienso también en mis alumnas, en la gente que ahora en San Juan me va a dar sus manuscritos. Tanta confianza ¿qué es lo que buscan?
¿No ven que lo hago por el dinero? Ni siquiera sé lo que es la magia. ¿No ven la enfermedad que es todo esto? No ven que la soledad, el desamor, la angustia y el miedo, son perros rabiosos que por más que hagan lo que hagan, los van a seguir acechando siempre.

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