Metonimias deicidas (el dedo, la boca) por Gabriela Milone

Por Gabriela Milone

Una de las metonimias del deicidio, lo sabemos por Vallejo, es ese dedo que apunta y da en el blanco (nunca más blanco de tan incandescente) de lo divino. Si Dios es esa curvatura en el tiempo (de la que habla el poema en cuestión: “Los anillos fatigados”[1]), mostrar y dar en el blanco es una tarea devastadora. La deixis del deicidio se da en la mostración que el dedo realiza y que mata lo que indica: ahí, en la punta de ese dedo, comparece lo se que muestra y lo que muere; y en lo que muere, muere lo que se muestra. Es una misma curva, y en la potencia de un solo dedo.

No obstante, el deicidio supremo de Nietzsche anunciaría no sólo la muerte de Dios sino también la del lenguaje. Recordamos la sentencia: “no podremos liberarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática” (El ocaso de los ídolos). Matar a Dios pero seguir creyendo en las palabras es una contradicción, o al menos, una coartada: lo que subsiste es la fe en lo indecible. Porque ciertamente el problema no radicaría en confiar en lo decible, en lo que creemos que podemos decir; sino en que persista la creencia en lo indecible en el fondo de lo decible: ahí pervive lo divino, ahí mora ese dios que habría que matar. En el fondo de la boca habita un dios agazapado en la palabra que creemos impronunciable. Es la prohibición de decir lo divino lo que no ha permitido que ese dios salga finalmente hecho palabra, materia de sonido pronunciado.

Sacrificar las palabras, pedía Bataille. Sacrificarlas en la boca que las guarda bajo la prohibición de no decirlas. Una boca puede decir todo lo que se puede decir. No habría lo indecible. Lo sabía Wittgenstein cuando proponía significar “lo indecible presentando claramente lo decible” (Tractatus logico-philosophicus, 4.115). Así, el deicidio supone la muerte de lo indecible. La deixis deicida no apunta sólo a lo alto sino también y fundamentalmente a lo profundo de la caverna de la boca, y ahí indica ese dios acurrucado en la punta de la lengua, tensado en la punta del dedo.

En “La literatura y el derecho a la muerte”, Blanchot indica el punto donde el lenguaje se vincula a la muerte: ahí donde nombramos una palabra, lo que mostramos es la muerte de la cosa en nuestra boca; guardamos en nuestra boca esa muerte vuelta pronunciación. Lord Chandos, el personaje de la Carta de Hoffmanstal, ante la imposibilidad que advierte de nombrar plenamente las cosas, confiesa que se saca de la boca las palabras como si éstas fueran higos podridos, acaso los mismos higos podridos con los Jeremías dice que Dios amenazó a su pueblo (Jeremías 29, 17). Hay deicidio en la boca que habla, porque sabemos, con Derrida, que “el lenguaje ha comenzado sin nosotros, en nosotros, antes que nosotros. Es lo que la teología llama Dios y hay que, habrá habido que hablar” (Cómo no hablar). Si habremos habido que hablar de Dios y queriendo nombrar a Dios nombramos las cosas (pero nombrando las cosas éstas mueren tanto en el dedo que las indica cuanto en la boca que las pronuncia) entonces vemos desplegarse las metonimias deicidas en toda su potencia.

Sabemos con Novarina que en el fondo de la boca, la palabra no es humana y que hablar es atacar el mundo (Devant la parole). La boca, así, es ese lugar de apertura que guarda su misterio. La boca sabe hablar, pero antes sabe apretarse sobre un pecho, nutrirse, gritar, llorar y besar. “Palabra, pero boca anterior a la oralidad: beso” (Derrida, El tocar). El poema de Vallejo habla también de un “gran beso”, de unos labios amortajando la vida. “Babel” parece que significaba otra metonimia: labios (Derrida, Desvíos de Babel). Los labios puestos a besar las palabras que pronuncian, confunden sus sonidos, matan la supuesta lengua única, y queriendo ser más divinos que lo divino se vuelven deicidas.

La boca se abre y se cierra, se llena y se vacía, cruza el aire de las palabras y se pone al ras de la materia. Bataille (Diccionario crítico) decía que “en las grandes ocasiones la vida humana todavía se concentra bestialmente en la boca, el furor hace rechinar los dientes, el terror y el sufrimiento atroz hacen de la boca el órgano de gritos desgarradores”. Pero es en esa bestialidad del grito donde asoma una “luz divina” (El erotismo), en la inmensidad de un aleluya que se abre en la boca vociferante, al límite de sí, en el sacrificio de todas las palabras. Todas las palabras para decir “Dios” y ninguna palabra que lo diga: sólo el grito deicida de la boca abierta sobre su afuera sagrado hace de dios algo que decir, algo que morir.

La boca es el lugar de tensión entre bucalidad y vocalidad, entre devoración y vociferación. Derrida (La bestia y el soberano I) y Nancy (Ego sum) marcan este doble alcance de la boca: a la tierra y al aire, a la materia y a lo inmaterial, al masticar y al hablar, a la oralidad y a la ad-oración. La lengua doble puede pronunciar gustando, saborear cada palabra, sacarla y volverla aire desde el sabor de la tierra de la boca: la boca es dios, la boca guarda un dios, la boca es deicida cada vez que habla. Desde el “Saboreen y gusten” a Dios del Salmo (Sal 34, 9) hasta la comunicación desnuda de Dios en el “boca a boca” de San Juan de la Cruz (Subida al Monte Carmelo), la boca siempre ha sido divina y, al mismo tiempo, deicida. De la oralidad a la ad-oración, la boca está en el lugar donde habría habido un dios; y Nancy (en L´Adoration) sostiene que es en este suspenso balbuceante donde debemos nuevamente aprender a hablar. De este modo, habría que aprender a sacar el dios agazapado de adentro de la boca, oyendo (obedeciendo) el pedido divino y deicida que condensa un verso de Oscar del Barco (sin nombre): “traigan en su lengua los pedacitos de dios”.

[1] “Hay ganas de volver, de amar, de no ausentarse, /y hay ganas de morir, combatido por dos /aguas encontradas que jamás han de istmarse. / Hay ganas: de un gran beso que amortaje a la Vida,/que acaba en el áfrica de una agonía ardiente, /suicida! / Hay ganas de… no tener ganas. Señor;/ a ti yo te señalo. con el dedo deicida: /hay ganas de no haber tenido corazón. /La primavera vuelve, vuelve y se irá. Y Dios, /curvado en tiempo, se repite, y pasa:  pasa: / a cuestas con la espina dorsal del Universo. /Cuando, las sienes tocan su lúgubre tambor… / cuando me duele el sueño grabado en un puñal, / hay ganas de quedarse plantado en este verso!” (César Vallejo: “Los anillos fatigados” en Los heraldos negros).

 

 

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