Un trabajo más arduo

Por Joaquín Vazquez

A menudo surge, tanto dentro como fuera de los circuitos académicos, la pregunta por la paternidad literaria de las sucesivas generaciones de escritores argentinos. Parece que cada época tiene como deber la consumación de algunas lecturas obligatorias que constituyen el corpus insoslayable de la tradición, libros que no pueden dejar de leerse, de tenerse a mano para la consulta permanente, el “aprendizaje”  literario y, también, el esnobismo estúpido. No interesa pensar, aquí y ahora, en las formas en las que dicho corpus cobra vigencia, sino en qué puede hacer el presente literario respecto de su pasado, cuáles son sus exigencias y los límites virtuales de su ‘responsabilidad’, es decir, el alcance y profundidad de su ‘deber lector’. Al formular el objetivo de estas pocas e insuficientes líneas, estoy suponiendo lo siguiente: a) el escritor es, sobre todo, un gran lector, hablando más cualitativa que cuantitativamente; b) a la hora de escribir, el escritor tiene en cuenta su pasado, sea de manera intencional o accidental; y c) su posición en la familia literaria se realiza en sentido inverso, es el hijo el que adopta al padre.

Veamos algunos casos. Para los escritores que nacieron y se formaron como tales durante el siglo XX, el problema de la “literatura nacional” tuvo, al menos y a mi parecer, tres puntos innegociables: Sarmiento, Hernández y Lugones. Abordar lo nacional desde la literatura fue, entonces, reconocer como horizonte de partida la obra de estas tres figuras, vinculadas de manera directa con la acción política de su época, lo que, podría pensarse, convierte al político del siglo XIX en un hombre de letras. Pero los escritores del XX, no se limitaron a seguir el cauce de este riacho, sino que dieron un paso más allá de estos horizontes, transformando la idea de la literatura nacional. El paso de los años cambia los paisajes literarios, se pasa del campo al arrabal y de éste, a la ciudad. El gaucho deviene malevo, compadrito, conspirador, mientras que las tramas narrativas van volviéndose eminentemente metafísico-existenciales. El problema pasa a formularse, desde ahora en adelante, de la siguiente manera: ¿qué hacer con nuestro pasado literario?

Frente a los primeros escritores argentinos, cuya filiación se dio en la extranjería, los del XX buscan papás y mamás locales. Hay que pensar entonces la labor lectora de estos escritores del siglo pasado, única forma de pensarse al interior de una familia. Se construyen hegemonías: Boedo, Florida. Se fundan linajes en constante diálogo con la literatura universal. Se renuevan las formas. De a poco, parece que eso llamado literatura nacional puede crecer y multiplicarse, y así lo hace. Cobran relevancia figuras marginales como la de Macedonio y posteriormente, con mucha fuerza, la de Roberto Arlt. En medio de estos, Borges y sus amistades, pero también Girondo, Marechal, Cortázar y Sábato. El escritor ya no se identifica con el político, pero la literatura es ahora otro espacio de lo político. Hay que pensar en el anarquismo de Macedonio y su burlesca candidatura a la presidencia, en el conservadurismo borgeano nunca oculto y disperso en todas sus obras, las oscuras referencias arltianas sobre la política y peso en la sociedad, la tardía y discutida conciencia política cortazariana, cuando le empezó a pesar la consigna del compromiso, y los lamentables almuerzos de Sábato con las figuras más oscuras de nuestra historia.

La generación inmediatamente posterior, con Castillo a la cabeza, pero también con Haroldo Conti, Paco Urondo, Gelman, Liliana Heker, Sara Gallardo y Rodolfo Walsh, entre otros que se me escapan, releyó ese pasado para repensar la literatura. Consecuente redefinición de la relación entre política y letras: el escritor, aparte de escribir es un militante y un crítico. A partir de ahora, literatura, militancia y crítica serán inseparables. Se rescatará la figura de Arlt como escritor del pueblo, se creará un altar para el Borges escritor, pero se incendiará su efigie individual, duplicándolo para la eternidad y haciéndole, de esa manera, otro homenaje a este amante de los dobles. Se escribirá desde el exilio y la clandestinidad. Nueva tensión entre el afuera y el adentro en la literatura argentina.

El regreso de la democracia rehabilitó posibilidades de lectura y escritura, se compilaron obras completas de autores desaparecidos o muertos, y desde allí se abrió la puerta a nuevos mecanismos y circuitos de difusión. La última generación, por llamar de alguna forma a este momento de la literatura nacional, se está erigiendo aún y parece apuntar a un futuro de mayor amplitud. En efecto, ¿figuran Sarmiento, Hernández o Lugones en el imaginario de los jóvenes escritores? ¿Con qué asocian estos la pregunta por lo nacional? Más aún, ¿rige actualmente esa pregunta? ¿A quiénes toman como padres estos últimos hijos de las letras? ¿A cuál pasado se vuelven para pensarse?

Preguntas de difícil solución, pero frente a las cuáles creo que hay una certeza: el escritor de nuestros días tiene una tarea de lectura más ardua que la de sus padres putativos, la de leer, aparte de a sus abuelos y bisabuelos, la obra de sus mismos padres y encontrar su identidad en un panorama mucho más heterogéneo.

 

 

 

 

 

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