Las peripecias del tío Herzog

Werner-Herzog

Por Lucía Minkevich

Durante las dos primeras semanas de octubre, el Centro Cultural Leonardo Favio estará proyectando una retrospectiva del cineasta alemán. En esta se incluyen las obras en las que Herzog eterniza la idea de la realización cinematográfica como un proceso forjado por la experiencia de vida a través del cual intenta restablecer el contenido emocional de la vivencia subjetiva. Esta visión de cierto cine arriesgado que se sale de los lugares habituales y se subleva ante las normas clásicas academicistas, es acorde a la historia tempestuosa y convulsa que lleva, de la que sólo remarcaremos de forma arbitraria su nacimiento en la Alemania nazi en el período de entreguerra y sus posteriores viajes a sitios remotos para filmar lo que posteriormente sería considerado como su obra vertebral.

En el libro Herzog por Herzog, escrito por el crítico Paul Cronin, el cineasta cuenta que sobrelleva al cine más como un ejercicio atlético que intelectual. Su mirada se condice con la forma de adentrarse en un mundo natural y hostil al transformar el set de filmación en un lugar arriesgado y pulsante. La vivacidad y la apertura de su búsqueda se concretan en tierras y pueblos remotos que se salen de los lugares y situaciones habitualmente abordados. Su modalidad de representación del mundo se incorpora de forma consciente a una perspectiva global cuando define significados, objetos e identidades culturales en un espacio-tiempo difuso. Hace del suyo, un trabajo de alto riesgo cuando se involucra físicamente en la génesis y en el desarrollo de sus obras maestras.

Werner Herzog como un atleta, como un hércules, traslada su particular visión del mundo a sus obras. Muestra de ello es Fata Morgana, que para su realización decidió recorrer durante un año entero la vasta extensión africana. En el transcurso de ese tiempo, él y su productor fueron demorados por las autoridades y arrestados (primero en Uganda y después en Camerún) por resultar sospechosos. En El enigma de Kaspar Hauser, se encargó de cuidar los amplios jardines durante meses para que se mantuviesen fieles a su idea. En Aguirre, ira de Dios, construyó las balsas que fueron usadas en la película y las probó en los causes rápidos del Amazonas.

Grandes desventuras en las aventuras épicas y Fitzcarraldo tal vez sea el ejemplo exacto para ilustrar esto. Durante el rodaje de la película, Herzog resuelve una de las escenas más magistrales de su obra: trasladar un barco de vapor de 300 toneladas a través de las montañas, por el Itsmo de Fitzcarraldo, una colina ubicada a 500 metros de altura. Los cientos de habitantes nativos que debían arrastrar el barco a lo largo de diez kilómetros comenzaban abandonar uno a uno la denigrante tarea. El barco se destrozaba a cada metro deslizado junto a las localizaciones ubicadas en plena amazonía peruana. Se habla entonces de un dominio del hombre sobre la naturaleza, de una victoria inesperada ligada a un alto riesgo físico porque las adversidades en este caso, son proporcionales al grado de insensatez. Al menos funciona así para Herzog. Pero también, se habla de una libertad anhelada, de un tesoro sobre el cual vivirán. Es por eso que, su forma de entender al mundo que está indiscutiblemente ligada a sus continuos viajes, a las experiencias irrepetibles en contextos y situaciones inéditas, le otorga una fascinante sensibilidad visual a cada una de sus obras que parecen ser similares en su sentimiento agreste sobre la vida.

 

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