Un metafísico Macedonio

Por Joaquín Vazquez

Macedonio es una de esas figuras que exceden toda descripción, que sobrepasan cualquier intento de caracterización. Es imposible escribir algo sobre él o su obra sin opacarlos. Abogado, escritor sumamente reticente a la publicación, faro intelectual de un séquito de jóvenes brillantes, filósofo, poeta. La historia se esfuerza en calificarlo también de metafísico, por sobre todo otro rótulo. De manera que, de ser eso cierto, occidente ha dado dos brillantes metafísicos (M/m)acedonios. Pero creemos que eso es un error que viene heredándose de algunas lecturas poco detenidas de su obra. Hay que preguntarse, casi obligatoriamente, si es posible considerarlo un metafísico y, de ser posible, en qué sentido lo sería. Aquí encontramos, entonces,  una primera guía para la exposición del pensamiento místico macedoniano: ¿Qué es la metafísica para él?

Cedamos la palabra a Macedonio: “La Metafísica es el retorno a la Visión Pura, o sea al estado místico. Estado místico es vivir sin noción de comienzo de sí mismo, sin noción de cesación, sin noción de historia individual, sin noción de identidad personal, sin noción de identidad y reconocibilidad del cosmos, sin noción de unidad de la persona, sin rumbo de marcha ni perfil de unidad, sin noción de subordinación a un Creador. Estado místico es vivir como autoexistente increado; y creo que es también vivir sin la discriminación imagen-sensación, ensueño-realidad y nuevo-ya-conocido. Por todo lo cual estado místico es vivir sin motivo ninguno de acción.”[1]. En primer lugar, debemos destacar que la Metafísica, con mayúscula, como le gusta a Macedonio, no es aquella ciencia que fue buscada por el Estagirita; no es una ciencia del ente en tanto ente ni, mucho menos, una disciplina eminentemente filosófica orientada hacia el conocimiento de, digámoslo llanamente, un dios. Ante todo es Visión Pura, sin especificaciones, porque siendo pura no puede ser visión de algo concreto, determinado. No es una visión objetiva. La Metafísica no ve cosas, no trata con ellas bajo ningún aspecto. Es, más bien, un despojo, un retorno. Esto también es importante. Si hay retorno, es porque previamente hubo estancia. Pero ese regreso es vacío, es un retorno de nadie. En efecto, nuestro pensador continúa precisando la Metafísica igualándola al estado místico, al vivir autoexistente e increado. Pero tropezamos al querer asirlo. Trastabillamos al buscar el fundamento de la existencia, caemos siempre, nos mordemos la cola, como la serpiente. No hay causa ni potencia creadora e infinita. La existencia se sostiene a sí misma, florece porque florece, enseña Silesius. Las palabras de Macedonio nos conducen todavía más allá de esto: al estado místico le son ajenas las nociones de comienzo, cesación e identidad personal. En éste no hay tiempo ni permanencia, carece de determinaciones. Es, insistimos, otra forma de nombrar la Visión Pura.

Con lo recién expuesto hemos tenido un acercamiento, breve, a la concepción macedoniana de Metafísica, sobre la que volveremos constantemente, enriqueciéndola con la tematización de otras aristas de su pensamiento. Sin dejar de tener en vista esta definición rectora de Metafísica, debemos detenernos en un punto medular, no sólo en lo referente a Macedonio, sino también, y sobre todo, de la tradición argentina de pensadores de lo místico; esto es, el esclarecimiento de un concepto recurrente: el concepto de ‘estado’, que es ontológico, no político. Dice Macedonio: “Llamo estado a toda ocurrencia de la sensibilidad, o sea: sentimientos, sensaciones de dolor y placer e imágenes. Esto es todo lo que existe en toda forma concebible de existencia o Ser. Es todo lo que somos y todo lo que es, en múltiple variedad o especificidades simples.”[2]. Resulta increíble que en apenas cuatro líneas Macedonio despache una afirmación tan grande. ‘Estado’ es todo lo que le ocurre a la sensibilidad (y éste es el punto en el que se siente el peso y la contundencia de un pensamiento sumamente propositivo), todo lo que es.  Releemos una y otra vez estas palabras, no salimos del asombro. El ser de todo lo que es se encuentra siempre en una sensibilidad. Pero, si el estado es todo lo que es, todo lo que somos, ¿lo existente se reduce a lo sentido e imaginado por mí? Efectivamente, pero teniendo reparos al pensarnos como poseedores de lo sentido e imaginado, porque para Macedonio no hay Yo. “Todo estado cae en una sola cadena, identificante, de sensibilidad; tú no posees, no sabes, de otra serie personal que una, que tú llamas la tuya, y que es la de la única Sensibilidad.”[3]. El ser se reduce al estado de la única sensibilidad, a la insustancialidad, al despojo de lo inobjetivable; no es una concreción, es el estado de la única sensibilidad, el estado de un mundo carente de Yo. Esto que toco, que veo, que siento, es tocado, visto y sentido por nadie. Vale decir, el estado es en soledad. Una soledad  sacra, imposible de interrumpir, de profanar,  porque, no habiendo cosas u objetos, ¿qué habría de interrumpirla? El estado no cae en una sensibilidad individual, personal, porque no hay una multiplicidad de sensibilidades, sino que sólo hay una sensibilidad, la Sensibilidad.

El esquema metafísico-cognoscitivo moderno sujeto-objeto, desaparece bajo la pluma de Macedonio. Su anti-kantismo, anti-noumenismo digamos,  convierte lo existente en una mera imagen, un fantasma, algo plano. Concebir un todo fenoménico es hacer efectiva una igualación ontológica. Después de esa disolución de la diferencia entre fenómeno y noúmeno, se acorta la distancia entre la unidad primitivamente sintética y el mundo, porque quien conoce (pensemos momentáneamente en el sujeto), deja de suponer una identidad inalterable y subyacente como  trasfondo al que se atan sensaciones,  imágenes y percepciones. El fenómeno Yo, o el Yo como fenómeno de una subjetividad trascendental, se queda sin noúmeno, se vuelve una ficción. Junto con él, cae la actividad sintética, aglutinante, de la imaginación. ¿A qué se va a unir lo sentido? La sensibilidad se libera y alcanza la mayoría de edad. Adopta un nombre, una identidad, cambia la ‘s’ por la ‘S’. A partir de la disolución macedoniana, la Sensibilidad será la sede de todo estado. “Que sólo exista lo sentido es una mitad del idealismo; que no exista lo sintiente es la otra.”[4]. A partir de esto, podemos decir que el idealismo de Macedonio carece de lo sentido y lo sintiente. Queda en medio de una intersección de inexistencias, entre la ausencia de Yo y de mundo. Vale decir, el idealismo macedoniano es contradictorio, un oxímoron. En sus palabras: un almismo ayoico.

Si le damos momentáneamente la razón a Macedonio, una pregunta clave nos corta el camino: ¿cómo retornar a la Visión Pura? De acuerdo a lo dicho, el estado místico  supone una vida sin motivos de acción, por lo que no podemos convertir en una máxima ética el regreso a dicho estado. Pero sí es posible identificar en qué momentos se produce el regreso: “La Metafísica comienza cuando se pierde la impresión de familiaridad del ser y se propone descubrir la causa conciencial de ello; es la suma de las investigaciones que retornan a la visión pura, al estado místico, al existir del niño antes del reflejamiento en sujeto y en externalización u objeto.”[5]. La cita nos da dos datos de suma importancia. El primero: existe un estado de familiaridad con el ser, que al interrumpirse, da comienzo a una búsqueda conciencial de la causa de esa ruptura en lo que nos es familiar. El segundo: la búsqueda de dicha causa, en tanto suma de intentos por descubrirla, es la Metafísica, el estado místico o –aquí viene lo importante- el existir del niño antes de lo que Macedonio llama reflejamiento en sujeto y externalización (que nosotros podemos pensar como el estado previo a la relación sujeto-objeto o conciencia-mundo). El estado místico puede ser pensado también como el existir del niño: la niñez como Metafísica.

El texto de donde extrajimos la cita anterior es de 1942, pero es una idea recurrente en Macedonio. Ya en un texto de 1908 titulado Bases en Metafísica, propone un ejercicio de imaginación y agrega: “Imaginémonos más, aún: la virginidad de nuestra visión, la visión de niño. ¿Qué habría en tal situación en el Espíritu y la Realidad exterior de un niño, y qué puede añadirle de esencial, es decir, de fenomenal, la experiencia de un hombre?” a lo que responde a párrafo seguido: “Nada absolutamente puede añadir la experiencia al fenómeno, el hombre al recién nacido.”[6]. La virginidad de la visión de niño pasará a ser llamada, aunque Macedonio no lo explicite, Visión Pura. En el transcurso de más de treinta años, se mantuvo el núcleo conceptual de la idea: en una visión pura, virgen, no hay imágenes ni objetos determinados. En la visión del niño, carente de imágenes previas por ausencia de experiencias cognoscitivas -es decir, por carecer de la ficción de la causalidad-, todo es nuevo. Teniendo en cuenta esto, podemos deducir que, si el enrarecimiento ante lo que nos resulta familiar es detonante de la Metafísica y si, a su vez, ésta se caracteriza por acabar con las nociones de espacio, tiempo, comienzo y cesación tanto de la identidad personal como la del cosmos, cualquier hombre puede ser un metafísico en sentido macedoniano.

La interrupción de la sensación familiar de ser, el extrañamiento ante el crudo hecho de ser, sumado al conjunto de intentos por descubrir la causa de ello (aunque la causalidad sea para Macedonio un evidente sinsentido desde Hume), es el estado místico. Esta caracterización del mismo, lo vuelve más cercano a la vida cotidiana, lo aleja de esa carga histórica que, como un lastre, lo define como corolario de un largo camino de preparación espiritual, o como una gracia concedida azarosamente a unos pocos y afortunados mortales. Lo que sin dudas sigue compartiendo con la imagen tradicional mística, son el despojo del yo y la suspensión de las categorías de acción que nos exige la cotidianeidad. El estado místico macedoniano no ocurre ni adviene por el toque caritativo de un dios trascendente. Sólo es posible en una inmanencia atea. Más aún, cuando este pensador se aboca a confrontar algunas nociones kantianas, reconoce que lo único que admite la gradación más, es el Misterio. Dice: “Disminuir el Misterio es un mal; subordinar al viviente es un mal. El Misterio es más que Dios, y éste no aclara; más bien prohíbe, sin ser él claro, ni aclarar.”[7]. La idea de Dios supone un estatuto ontológico diferente de lo inmediatamente asequible a la vida humana, Macedonio la rechaza de plano. Su mística es atea; la existencia, dice, es increada. “La noción de Dios y la de Ley son igualmente aminorantes de nuestro Ser. Hay mucho deismo en el positivismo-materialismo y en la doctrina de la Ciencia. La plenitud de nuestro ser es mi doctrina y esta conciencia suprema no se logra en la subalternidad de un vivir con los dioses.”[8]. Esa última cita es de carácter central para comprender de manera cabal la Metafísica de Macedonio. De lo que se trata, en el fondo, es de borrar todo límite, todo reducto conciencial, subjetivo, finito. Macedonio es un idealista subversivo, un pensador posmetafísico enmascarado de moderno. En un primer momento se presenta con la máscara puesta, usando el vocabulario y los conceptos propios de la tradición idealista. Pero a medida que sus palabras comienzan a sucederse junto con las páginas leídas, los adjetivos para describirlo fallan, se dificulta posicionarlo, encasillarlo en una corriente de pensamiento. Macedonio clausura el encierro solipsista (y clausurar un encierro es una forma de negar la negación), es decir, desnuda el espacio de la interioridad para celebrar la reunión de dos instancias ontológicas conceptualmente distanciadas. El encuentro del mundo exterior y el yo se redefine y lo que resuelta de dicho encuentro es la noción capital de estado. Pero detengámonos un momento más para extraer algunas consecuencias de la mencionada cita. Las nociones de Dios y de Ley tienen una similitud asombrosa, ambas –dice Macedonio- aminoran nuestro Ser. Eso es, justamente, lo contrario de lo que busca: la plenitud de nuestro ser, que no es distinta a la plenitud del ser. El ser pleno (el Ser), no es un ser regido, ni por un sujeto que ordena el caos perceptivo ni por un Dios creador que  fundamenta y prescribe una moral. La Metafísica (insistimos una vez más: la mística macedoniana) no trata sobre un ente sumo, excede a cualquier ente. En este sentido hay que decir entonces que la Metafísica, no es una metafísica, es una mística de la inmanencia que prescinde de todo ente.

 

 

[1] Fernández, M. “Descripcio-metafísica: el Todo pensado como No-Ser, como un “Todo” de “No Ser, en No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1967. p. 190.

[2] Fernández, M. No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1967. p.173.

[3] Ibid.

[4] Ídem. p.181.

[5] Ídem. p.191. Las cursivas son nuestras

[6] Fernández, M. “Bases en Metafísica”, en No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1967. p. 15.

[7] Fernández, M. “Codear fuera a Kant es lo primero en Metafísica”, en No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1967. p.187.

[8] Fernández, M. No toda es vigilia la de los ojos abiertos. Centro Editor de América Latina. Bs. As. 1967. p. 103.

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