La impostura de la autocompasión. Una mirada por los jardines anárquicos por Abelardo Barra Ruatta

Por Abelardo Barra Ruatta

No es común la aceptación de la pequeñez propia. Un terror nauseabundo nos invade cuando advertimos que estamos constituidos por el ínfimo equilibrio que constituye la vida. Esa existencialidad del pánico pareciera aludir a una dimensión ontológica, insoslayable de lo humano, pero se trata, en rigor, un terror aprendido, de un antiquísimo constructo cultural, que pareciera haberse vuelto consustancial a nuestra condición. Para exorcizarlo apelamos a la autoconmiseración, esto es, a una batería de recursos discursivos que estabilizan nuestro terror y disminuyen el frágil equilibrio del cuerpo. Ante el horror de nuestra finitud inventamos el fantasma del alma y su eterna persistencia posterrenal. En las relaciones interpersonales combatimos la fugacidad emocional acudiendo a vínculos que se galvanizan desde la exterioridad, nos tranquiliza la sanción religiosa o cívica asegurando la eternidad de la felicidad conyugal, por ejemplo. Nos empecinamos en negar la contingencia con sus aleatorios resultados y enarbolamos el estandarte entusiasta de la necesidad-universalidad y la contraparte negativa bajo la forma de la resignación. La autocompasión es un racionalización perversa porque configura una negación trascendente de lo que somos en la inmanencia de nuestra animalidad.  Emigrar hacia los jardines de la realidad es nuestro desafío, gozar intensamente del efímero perfume de la rosa, disfrutar del acotado espectro de luz que brinda el día para asumir con renovados bríos los dulces secretos que nos reserva la fugaz noche. Acariciar con fruición y ardor la piel juvenil que habrá de volverse naturalmente flácida con el transcurso del tiempo. Asumir nuestro lógico tránsito por la biología y aceptar nuestras capacidades sin atribuir sus virtudes a los dioses o sus déficits al destino como contracara atroz de las deidades.

En su dimensión ético-política el rechazo de la pequeñez nos conmina a la búsqueda del caudillo todopoderoso que habrá de custodiar la dignidad de nuestra existencia social. Siempre la defección disimulada en los representantes. Nunca la asunción franca de la actitud autónoma y libertaria, esa que nos desconecta de los primeros principios pero nos abre las puertas de la imprevisible libertad.

 

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