Animaciones suspendidas por Marcelo Díaz

Reseña del libro “Un dibujo del mundo” de Verónica Pérez Arango.
El ojo de Mármol ediciones. 46 páginas.

Por Marcelo Díaz

 Si el dibujo del mundo entra
dentro de la mano del niño
los pastos cosquillean en cámara lenta
y todas las hojas son posibles
sonidos del viento.

Verónica Perez Arango.

 Si aceptamos que un dibujo es, en fácil, una representación, como en animación suspendida, de lo real, entonces podríamos preguntarnos qué es lo que buscamos al girar las páginas, entre poema y poema, de este libro ya que al movimiento le sigue una suerte de quietud como si las imágenes contenidas en los versos estuviesen congeladas o fuesen un fotograma. La secuencia de imágenes compone proyecciones de diferentes estados: vacaciones familiares en la playa, sombrillas y castillos de arena como si todo lo percibido se encontrara contenido en una casa fabricada con minerales microscópicos.

Si uno detiene su visión en la luz solar de a poco el contorno y el fondo del paisaje se vuelven borrosos igual que en las puertas del sueño. El mar y la luz del verano mantienen alejadas las voces del interior del poema de los picos nevados y de las aventuras invernales. La suma de los días está compuesta por un material  onírico como si la experiencia fuese parte de un holograma o un teatro de sombras gigante que cubre nuestra biografía personal en las horas de mayor luminosidad.

Por momentos pienso: ¿si en este lado del hemisferio soñamos con paisajes invernales acaso en el otro extremo del mundo montados sobre trineos existirán personas parecidas a esquimales soñando con seres como nosotros en costas como las que se dibujan en este libro? De ser así el lugar que habitamos no sería más que un molde vacío o un caparazón hueco como el de aquellos cangrejos que migran literalmente de su propio cuerpo para  sobrevivir y preservarse en el tiempo y abandonan su exoesqueleto en las cercanías de las playas frente a miles de turistas con la esperanza de encontrar un hogar más acorde a sus nuevas dimensiones.

Se me ocurre que escribir un libro de poemas es una acción idéntica a la de edificar una casa, ladrillo por ladrillo, palabra por palabra, y llenarla en su interior con nuestra imaginación como en un juego de fractales: habitar un mundo con otro mundo y así hasta que la pantalla moviéndose con nuestras figuras impresas en su luz particular se detenga unos segundos para confirmar temporalmente que el futuro no es otra cosa más que la prueba efímera de la totalidad de nuestro presente.

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