La mínima letra, reseña de Marcelo Díaz del libro Cuerpos textualizados

Reseña de Marcelo Díaz del libro “Cuerpos textualizados” de Natalia Litvinova y Javier Galarza.
Letra Viva, 2014. 110 Páginas.

“Como un refugio más antiguo que yo”
Pascal Quignard
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En Cuerpos textualizados se construye un puente entre las obras de dos autores que han sido fieles a sus respectivos programas de escritura y a determinadas convicciones que se explicitan en cada carta de manera fragmentada. No son convicciones privativas, por el contrario parecen inquietudes y puntos de vistas por momentos borrosos que bordean la frontera de la escritura poética y la interpelan acerca de con qué autores dialogar y sobre cómo esos autores dialogan entre sí. Rilke, Maiakovski, Hughes, Plath,  Mandelstam, Rimbaud, Ajmatova, o Gabriak ocupan alternativamente un lugar desde el que se tensionan posiciones  y representaciones acerca de cómo entendemos la poesía y cómo poetizamos el mundo y nuestra experiencia en el mundo.

El género epistolar, como género discursivo y literario, funciona muchas veces a la manera de una escritura que completa espacios en blanco con biografías o detalles que resuelven determinadas preguntas y abren nuevos caminos de lecturas en aquellos autores que leemos y seguimos. Eso como primera opción. La otra modalidad, y no son las únicas opciones en las que pienso, es ingresar a una obra desde el intercambio de cartas hasta que en algún momento comiencen a iluminarse sentidos o se puedan tejer relaciones y asociaciones.

Volver a interpelarnos acerca de la escritura poética no es una tarea menor si tenemos en cuenta que en nuestro país en las últimas dos décadas ciertas poéticas, digo “ciertas”, volvieron su atención hacia una lengua diáfana, cristalina, donde la sensibilidad y la voz de cada poeta quedaba en un lugar reducido fuera del universo de los sentimientos acotados a la dimensión de lo concreto. Frente a ello Galarza y Litvinova hacen literalmente la diferencia porque activan tradiciones y recuperan, como arqueólogos, textos que hacía tiempo que no circulaban ni eran tenidos en cuenta y con ello recuperan la corporeidad y reconstruyen la materialidad de la voz poética misma.  No es poco significativo que Galarza relate: Una vez le conté a Enrique Symns que los objetos me daban terror y también el silencio de las paredes y tuve que tomar un ansiolítico. Lo que antes era casi un fetiche para determinados autores que se puede traducir como una adoración de los objetos aquí es temor y distanciamiento y motivo además para buscar nuevas formas para contener la propia voz.

La escritura en el libro organiza y diagrama subjetividades o para ser consecuente con el título: construye, como planteaba Barthes, y dibuja cuerpos. En otros textos de Litvinova, por ejemplo, ya se advierte la pregunta sobre cómo construimos nuestra identidad y aquí vuelve a aparecer la lengua como un estado de perpetua migración y como morada a la vez cuando se narra la vida en su primera casa en el barrio de Belgrano, pos partida de Gomel, como si fuese un hogar extraído de la mente de Lars von Trier con paredes y estructuras imaginarias oscuras y vacilantes.

Galarza comprende que la migración no solo es lingüística (recordemos que Litvinova habita otra gramática que es su lejana lengua madre) o espacial sino que abarca también la temporalidad desde ahí pregunta: ¿Si siguiera mi impulso, y en vez de esperarte  como un tonto en esta ciudad, en la linealidad del tiempo, donde pasado y futuro se suceden, fuera a buscarte allí, a esa casa de tu adolescencia? La escritura así se convierte en un túnel, más que un dispositivo en este caso, o mejor es como una llave maestra que abre las habitaciones más significativas de nuestro pasado.

Es un libro sobre la amistad y sobre los afectos como método de supervivencia. Para eso se escribe. Para eso se ama. Ese es el para qué: sobrevivir sin perder de vista los afectos. En esa dirección las palabras de Claudia Masin, en el prólogo, contribuyen a la lectura y desde ese lugar nos encontrarnos o identificarnos en algunos pasajes del libro. Como en la Carta de las luciérnagas de Pasolini los textos son pequeñas llamaradas en el centro de la oscuridad. Litvinova en pleno viaje se pregunta: Ayer en el tren, entre el delirio que produce el cansancio, pensé en cosas extrañas… Me hice una pregunta banal: ¿qué haría si me gano un millón de dólares? Si lo gana le compraría una casa a Galarza, una casa como se suele decir de material, porque en el fondo ambos habitan un mismo espacio y llevan un hogar común sobre sus espaldas y se acompañan igual que esos insectos lumínicos perdiéndose en el corazón de la noche.

Marcelo Díaz nació en 1981. Vive en Río Cuarto (Córdoba, Argentina). Es profesor y Licenciado en lengua y literatura. Publicó en 2009 el libro de poemas La sombrilla de Wittgenstein (reeditado por Colectivo Semilla en 2013), el libro de poemas Newton y yo (prólogo María Teresa Andruetto) con Editorial Nudista en 2011 y El fin del realismo en 2014 con la editorial Viajero insomne. Participó en la antología Es lo que hay en el año 2009 realizada por Lidia Lardone. Textos suyos aparecieron en Revista Ñ, Poesía Argentina, Corrientes y No-retornable.



DOS CARTAS DEL LIBRO CUERPO TEXTUALIZADOS

Madrid, 2013

Hoy estoy escribiendo un capítulo de mi novela, es sobre el deshielo de Kruschev, un período en que la URSS intentaba reverdecer. Encontré un documental donde todo es tan lejano que roza. En una de las portadas del cuaderno que hace unos meses le dejé a mi madre para que anote allí sus recuerdos, esos que utilizaré en la novela, encontré una frase de ella, escrita en ruso. La caligrafía parece de una persona que escribe sin darse cuenta de que la mano se desplaza y deja una huella: Todos necesitamos un dios, pero no todos podemos rezar, porque los pecados no dejan. Fue lo primero que encontré al abrir el cuaderno y me pregunté a qué dios hallaría en las siguientes hojas. Porque sé que hay un dios o un semidiós poderoso: el de la infancia ajena. Agacho la cabeza o la mirada, afilo los dedos y escribo, voy a inmiscuirme en el bosque de los viejos patios con gallinas y niños que roban ciruelas. Hoy el vecino retó a los canarios porque chillaban. Luego cerró la ventana y puso la misma canción machista de siempre. Yo también pude cerrar la ventana para no oírlo, porque hoy está fresco dentro de la casa. La frescura es importante para el escritor como lo es la humedad para el mantenimiento de los quesos en el sótano.

Natalia Litvinova

Buenos Aires, 2013

Hay citas con la infancia propia. Y citas con la infancia de los que amamos. Pienso por ejemplo en mi papá. Su gran herida fue no conocer a su padre. Por si fuera poco creció con sus hermanos y hermanas mayores y un día se enteró de que su hermana predilecta no era su hermana sino su madre. Y se enteró en medio de una pelea porque se lo dijo uno de sus “supuestos” hermanos. Que al fin y al cabo no eran sus hermanos sino sus tíos. Mi papá en su Tucumán natal fabricaba sus juguetes, los tallaba en madera. Una vez me contó el recuerdo de una penitencia: arrodillado sobre maíz con las manos atadas. No sé qué consecuencias puede dejar todo esto en una persona. Sé que en algún momento vino a Buenos Aires solo y sin nada. Sé que fue fotógrafo. Que estuvo un año en la cárcel por falsificar dólares. Entiendo que dibujaba muy bien, pero luego de la cárcel se terminaron los dibujos. Sé que se casó con alguien antes de conocer a mi madre y ese matrimonio duró un año. Y luego mi madre. Un día mi mamá se sintió muy mal y llamó al médico de urgencia y el médico alarmado le dijo: señora, usted está por tener un ataque al corazón. Le hicieron los estudios y no era un ataque al corazón, era yo.

Javier Galarza

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