Los pantalones de Borges por Luis Mey

Por Luis Mey

Bueno, se dice Tolo, me cagué, qué le voy a hacer, el calor, zafarla con el vino que tiró el chino porque ya no lo podía vender de verde que estaba, bueno, qué sé yo, ya fue, me cagué, hay que seguir, hace calor, pegó así, pegó a tripa, pegó gancho, pero al menos la zafé, un rato la zafé, un rato me sentí así, tocado por la varita, es así, después es después, pero yo no soy así, de los que viven pensando en el después, aunque después me cagué, dice Tolo, y piensa algunas cosas, otras no, y se pone mal por no pensar las otras cosas, pero bueno, se cagó, me cagué, se repite, y hace calor, repite, así que quién se anima a andar cagado y con ese calor para pensar las otras cosas, las que tiene que pensar. Ni hablar si se le acerca una pareja jovencita con cara de primera vez recién, salidos del pernocte por primera vez, sonriendo por primera vez con la primera vez, caminando de la mano y viendo a un vago por primera vez. Y justo se le da a la piba buscar algo en la cartera cuando Tolo se detiene. Justo se le da por revolver la cartera cuando tengo que parar de cansado que estoy de ese vino verde, piensa Tolo. Ahí es que a la pareja se le transforma la cara. Ahí es que entienden lo que es un vago. Lo entienden porque lo huelen. La chica amaga a desmayarse. Y Tolo –no le gusta que le digan El Tolo. No me gusta, dice siempre. Pero se lo meten, así, El Tolo, todo el tiempo. Porque Tolo conoce mucha gente. Muchísima, dice, y pocos le faltan el respeto al nombre de uno– ahí se le frunce y se le mezcla un poco lo que le quedó en el calzoncillo, y si se le frunce es porque si la piba se desmaya le va a caer la patrulla de Mauricio, como dice, y lo van a hacer mierda, más mierda que la mierda que le robó el vino verde de los chinos.
–¡Y qué mierda me tenés que oler, conchuda!
Y se va Tolo porque le faltaron el respeto. Qué culpa tiene que las pibitas no se mastiquen las posibilidades de vivir en sociedad.
Tolo ya hizo la que hizo el pibe que sostenía a la piba. Tolo ya pernoctó y amó y lo amaron y trabajó y lo estafaron y estafó y se olvidó cómo meterse de nuevo en la rueda y ahí quedó. Ahora, por ejemplo, hay un grupo de pibes y pibas que cada tanto se aparecen con ollas y sándwiches y le controlan si está tomando vino. Así lo controlan:
–¿Eh? ¿Eh, Tolo? Te vinimos a traer comida. ¿Eh?
Tolo asiente y estira la mano.
–¿Estás tomado, Tolo? –y el chico católico juega a que tiene empatía con los vagos y le dice al grupo, girando la cabeza, mientras sigue agachado cerca de Tolo–. ¿Ustedes que dicen? ¿Tomó El Tolo?
–¿El Tolo? –sigue uno–. El Tolo puede haber tomado, pero es bueno. Dejale la comida. Pero que se porte bien, que lo diga.
–Sí –dice Tolo.
Y recibe la comida. Y sigue durmiendo al costado de la reja que le pone la óptica de la esquina cuando cierra. Y ahí duerme, a veces, con otros, los que tienen datos de dónde hay cosas. Como lo del vino verde.
Verde, dice Tolo, caminando cerca de una cafetería que vende solamente cosas dulces y las mamás se ríen de algo con las piernas cruzadas.
Verde, repite, y empaña el vidrio de la confitería esa, como le llama. Y se queda ahí parado, mirando para adentro.
Sale un chico afeitado con sombrero de cocinero pero que no tiene apariencia de cocinero. Sale con un dulce, una especie de factura pero mejorada, llena de diseño. El chico entorna los párpados cuando, en realidad, los entorna para no oler. Tolo piensa en eso. En que la nariz debería tener párpados para esos casos.
–Tome, señor. Sería tan amable…
Tolo escucha desde adentro que alguien dice, cuando el chico entrega el dulce, que ahora el vago va a pasar todos los días y no se lo sacan más de encima, como su propio padre decía respecto de los perros cuando le tiraban un hueso. Tolo asiente y circula. En eso, se acerca a los contenedores de basura, esos grandes. Lo abre y revuelve. Ni siquiera tiene ganas de encontrar algo, sabe que lo hace porque sí, hasta reconoce que lo hace para que alguien más vea que hace algo, que tiene que confundir al resto con el concepto de vago. Le molesta la palabra y le molesta que parezca cerrada. Que la discutan le gusta. Se imagina a gente en esas confiterías nuevas que no se llaman confiterías discutiendo el concepto y citando, como ejemplo, esa situación donde el vago hace algo, como él ahora, y entonces tienen que distinguir que los vagos hacen cosas, que pueden no ser las cosas que hacen los demás, pero hacen. Por eso Tolo siente bronca, ahora, una bronca positiva, de las que lo alientan a seguir soportando que los chinos tiren vino verde de tan podrido y él entonces se lo tenga que tomar, deba bebérselo porque eso es lo que le imponen. Tolo, abriendo el contenedor, presenta batalla, eso es lo que está haciendo: batallando, hasta que se le acerca uno de esos que separa la basura, que rescata lo que sirve. Que trabaja.
–Salí de ahí, vago sucio. Dejame hacer mi trabajo.
Tolo entiende que el pibe está un escalón por encima suyo, pero entiende mejor que el pibe que para la gente los dos son iguales. Por eso, por esa sensibilidad que le sale de repente, Tolo se le acerca y quiere abrazarlo, por hermano, nomás.
–¡Salí, roñoso hijo de puta! ¡Estás todo cagado! ¡Alejate de mí! La concha bien de tu madre, pedazo de cadáver.
El pibe sale caminando rápido y una señora de las que salen de esa nueva confitería se asusta con el caminar apurado del pibe. Con el pibe se asusta. La señora toma fuerte la cartera y se queda en la puerta hasta que el basurero, o revolvedor, piensa Tolo, como yo, dice, se haya alejado. La señora no se mueve porque lo mira al pibe como si mirase al sistema poniéndole una barrera a su forma de vida.
Tolo sigue. Encuentra, por casualidad, a esa patota de religiosos que se juntan para algo más, tal vez a juntar ropa o qué sé yo, dice, pero ahora, sin vino y con el estómago destruido, no quiere verlos.
–¡Ahí va El Tolo! ¡Miren! ¡El Tolo!
–Tolo –dice Tolo, y lo escuchan, de vereda a vereda.
–¡Fenómeno El tolo! –dice uno de los religiosos.
Se junta el grupo de ayuda y lo miran caminar. Sonríen. Tolo les tiene miedo. Tiene miedo, mucho. Sabe que están locos. Quieren a cualquiera porque sí. Como a él. Ni siquiera saben su nombre. Ni nada. No saben si mató a alguien. Y peor: Tolo sabe que lo querrían igual. Es de locos. Esas cosas nunca las entenderá. Cree, a veces, que toma por su culpa. Ellos no pueden ser así. Ellos provocan que los males no terminen nunca. Una vez les dijo, no a ellos, a otros parecidos: “Vayan a matar narcotraficantes. Ahí van a hacer un bien”. Y le respondieron lo de siempre: “Ah, Tolo, no cambiás más, hermano. Matar es malo”. “¿Y si yo mato? ¿Eh? ¿Si yo mato me dan de comer igual?”, retrucó. “Amar es perdonar”, dijo uno. “Entonces matá narcotraficantes. Vas a ver que te perdono”, siguió. Y le regalaron un cartón de vino.
Por la tarde ya anda medio desesperado. Se limpia el culo en la fuente de una plaza de Recoleta. La misma donde otros vagos más organizados lavaban la ropa. Pide Ropa en la Biblioteca Nacional y uno de los empleados con anteojos le da un pantalón y le dice que había sido de Borges. Tolo lo toma y se va a la fuente y se limpia y deja el agua manchada y tira el pantalón anterior y anda en los pantalones de Borges sin calzoncillos.
La desesperación por tener alguna cosa, cualquiera, le crece hasta que retoma lo de algunas veces: tocar algunos timbres y hablar de un viaje que no estaba pudiendo realizar a su provincia de origen o de alguna estafa que le habían hecho que lo había dejado en la calle. Funcionaban las dos, no sabía por qué. Algunas veces, porque la promesa de cumplir su viaje liberaba a esos vecinos de su presencia. Sobre la estafa, porque algunos de esos vecinos podían sentir que tal vez habían sido ellos mismos los estafadores y, bueno, la culpa o el remordimiento o la cercanía de la muerte los hacía devolver una parte, o cinco pesos, generalmente. Así que empieza.
Una señora le da buena comida, otra lo amenaza con llamar a la policía, un señor lo invita a pasar y le quiere dar un beso en el ascensor y Tolo se lo da y se va rápido sin nada, una persona lo invita a la iglesia de algún lugar asegurándole que ahí lo ayudarán, repitiendo tanto el pedido para que se acercara que Tolo huye sin terminar de escuchar, una portera le da dinero y después Tolo come la comida de la señora de antes en la puerta del mercadito chino del vino verde y piensa que podría comprarles un vino, pero siempre que le aseguren que está en buen estado, pero después prefiere esperar a la noche, para tomarlo tranquilo, sin tanta policía de Mauricio siguiéndolo no por la bebida, sino por la exhibición de la botella. A Tolo le gusta ver la botella, no esa cosa de esconderla y sentir el vino. Le resulta como un porcentaje de tomar un vino: ver la botella. Su patrimonio. Porque también paga por la botella. Creía que si no le dejaban ver la botella no estaba bien que la incluyeran en el precio.
Entonces toca otro timbre. Cree haber estado allí. Tiene una sensación. Y la vuelve a tener cuando dice lo del viaje a su provincia y la persona en el portero eléctrico dice ahá y sigue escuchando. Ahí bajo y te dejo algo, dice la persona. Tolo espera. Baja un tipo de cuarenta, por ahí, semivestido para salir, camisa, medias negras, pero en calzoncillos. Abre la puerta y le dice tomá. Y le pasa un sobre.
Después, cierra y se va al ascensor. Tolo se queda ahí con el sobre en la mano. Lo abre.
Dinero.
Mucho.
Como cincuenta billetes de cien. No menos. O más. Cuando cuenta cincuenta, deja de contar. Piensa en la vida, piensa en casas de ropa. En algún lugar. Un lugar. Uno cualquiera, uno suyo. Piensa en aparecerse vestido y bañado en esa forma de confitería donde el chico del gorrito lo sacó con un dulce. Piensa en pedir algo para que lo atiendan. Piensa en que, con eso en su poder, puede hacer algo y volver a recordar la sensación de poder ser estafado o estafar de un momento a otro, pero recuperándose, no perdiéndose. Volviendo a la rueda una y otra vez, riendo cuando ganaba y suspirando cuando perdía, pero siguiendo. Como antes. O no antes: como alguna vez, piensa.
Así que anda con cuidado. Hasta que, al rato, decide disfrutar ya mismo y empieza por ir al kiosco y comprar alfajores y cigarrillos y una coca con su nombre, Guillermo, un nombre que no usa desde hace mucho. Un nombre que ni siquiera tiene relación con su nuevo nombre, su nombre de calle. Así que agarra la coca que dice Guillermo y va al mostrador y pide los alfajores y los cigarrillos y saca un billete y se lo da.
El pibe que atiende, con cara de entender la desgracia del vago, no la general, sino esa particular, la instantánea, le dice:
–Campeón, el billete es falso.
Tolo lo toma, lo mira, no entiende y saca otro.
El pibe lo analiza mejor, envuelve los labios y repite.
–Es falso… Creeme. Te lo pasaría, pero es muy falso.
Tolo le da otro.
–Falso –dice el pibe.
Tolo le da otro.
–Hacé una cosa. Llevate la coca y los puchos y los alfajores. No te cobro nada. De verdad. No sé de dónde salió esa plata…
–Me la regalaron.
–Te hicieron una broma, no sé… Perdón. Llevá todo. Va por mi cuenta.
Tolo se lleva todo menos la coca, porque no se puede llevar una coca que diga Guillermo porque volvería a ser Tolo en un segundo. Y no hay coca con el nombre Tolo. Hay de Sofía, Micaela, David, Leonardo, Rafael. Pero no Tolo.
Camina por un lado y por otro. Anda con cierta incomodidad, como si todavía tuviera mierda en el calzoncillo. Se para en esa misma confitería que no es confitería y se come el alfajor en mirando para adentro, imaginándose lo que había imaginado apenas un rato antes. Un tal Guillermo siendo atendido. Hasta que sale el pibe y le dice qué pasa, eh, qué pasa, ya te di y quedamos en que…
–Circulaba… –dice Tolo. Y circula. El pibe no tiene la culpa.
Así que va hacia el que tiene la culpa.
Toca su timbre. Quién es, pregunta el mismo tipo.
–El vago. El de la plata.
–Ah… –responde el tipo–. ¿Y? ¿Querés más? Tengo más para darte.
–No sé por qué me dio esos billetes.
–Oh, qué pena. ¿No me digas que no te los aceptaron?
–Yo no molesto a nadie… –empieza Tolo.
–Ah, ¿no? ¿No te acordás que anteayer me viniste con el mismo verso del viaje, te di algo de plata y después te dormiste en pedo y vomitado en la puerta del edificio? ¿No te acordás? Así es fácil, ¿no te parece?
Tolo recuerda que alguna vez, cuando tuvo nombre, hubiese seguido discutiendo hasta que le dieran la razón. Pero no encuentra, ahora, argumentos que lo ayuden a ganarle, que justifiquen que lo mate. No encuentra porque, tal vez, se dice, no hay. Tal vez el otro tiene razón. Tal vez le dio una lección y tal vez Tolo, a pesar de absorber la lección, no la use para nada y vuelva a dormirse con su vino en la puerta de cualquier otro edificio de donde saque algo de dinero con la mentira del viaje.
–Mirá, flaco –dice el hombre–. Si me hubieses dicho que era para comprarte un vino, te daba igual y me quedaba tranquilo. Pero realmente te creí lo del viaje y me imaginé un reencuentro tuyo con tu familia… Qué sé yo. Me sentí mejor. Pero salir a la mañana y encontrarte en pedo… Así… No sé, sabía que ibas a volver. Y me pareció justo devolverte…
La desilusión, pensó Tolo y empezó a caminar. No, tampoco ese sujeto era el culpable de sus infortunios. Esa noche se va a la plaza del fondo, la larga, infinita, oscura y tranquila. La plaza donde dormían todos los hombres con apodos como nombres. Allí se queda y espera. A cierta hora aparece el grupo de locos con cruces colgando y platos de plástico y comida caliente y agua. Son cuatro. Tres chicos y una chica hermosa con ropa suelta que Tolo discute mentalmente y cierra con que es un desperdicio, con que habría que ponerle una pollera ajustada. Tolo recibe la comida y le pide a la chica que se siente y hace como que llora. Quiere llorar, pero no es buen actor, entonces la chica, igual, se cree lo que actúa Tolo porque la propia chica cree en la actuación, de lo contrario no estaría haciendo lo que hace, piensa Tolo. Y le cuenta sobre una vida miserable que no es la suya. Se siente inspirado. Hasta que el grupo tiene que irse.
–No te vayas, por favor. Dejame contarte lo que me pasó.
–Sí, claro… Te escucho.
–Cecilia –le dice uno–, tenemos que irnos, de verdad.
–Pasen en un rato, si quieren, pero tengo que escucharlo.
–¿Segura?
–Sí, Juan, miralo a este pobre hombre… Después te cuento.
El tal Juan se da la vuelta y vuelve a la camioneta de locos religiosos y se van. Cecilia se queda en sus ropas de misionera escuchando la historia de alguien como si fuera la de Tolo. Él, en un momento, agradecido por la situación, llora de verdad. Llora porque siente que acaba de encontrar la razón de sus desgracias: esa gente que apoya contradicciones y que lleva a la lona a los hombres comunes. Los hombres como él.
–¿Y? ¿Todavía guardás, al menos, las cartas de tu hija o… las perdiste por ahí, en la calle?
–No tengo nada. Pero esas cartas son lo único que conservo de mi vida.
Cecilia deja caer una lágrima.
–¿Puedo verlas?
–Sí, las tengo escondidas en mi escondite…
–¡Qué tierno! Escondidas en tu escondite… Perdón que me ría. Sos un tierno.
–Están debajo de los pies de la estatua de allá. Siempre que quieras leerlas, levantás la primera piedra después de la chapita y ahí están.
–¿Las puedo ver ahora?
–Sí, vení.
Se adentran en la oscuridad de una plaza con aire de bosque y se pegan a la estatua. Cecilia posa una mano sobre el hombro de Tolo porque no se ve nada. Apenas un brillo que expulsa el cobre de la estatua. Tolo se agacha y le toma los tobillos y tira. Cecilia cae hacia delante y chilla. Tolo le pega en la cabeza y la atonta. Le baja los pantalones, se baja los pantalones de Borges y se la mete. Hace años que no lo hace y dura poco tiempo.
Después, se levanta los pantalones de Borges y le dice a la oscuridad que le diga a Juan, ese tal Juan, que se acuerde de lo que dijo, eso de que amar es perdonar y que veamos ahora si no salen a matar narcotraficantes. Mañana voy a estar acá, agrega. Los espero.
Así que Tolo se va y da vueltas y pide comida con gracia y le dan y se siente poderoso porque por fin podrá enfrentar la contradicción que tanta locura le generó todos esos años. Come y bebe y camina y se ríe y canta. La noche siguiente vuelve a la plaza a que lo atrape la policía. Para desenmascarar a los viejos socios de todas las enfermedades de todas las calles. Esos locos de la comida con la fuerza de choque de esos locos, la policía.
Espera y aparece, de repente, la camioneta. Sale Juan y el resto y sale Cecilia también. Se acercan a cada vago y llegan a él y le sirven comida como si nada hubiese pasado. Amar es perdonar, susurra Juan dándole la espalda.
Y Tolo se queda ahí, temblando, sin poder comer. Al rato, se caga de nuevo. Se caga en los pantalones de Borges y se pregunta entonces quién, entonces quién es el culpable. Y piensa en los chinos y siente la mierda sin el vino verde y dice ellos tampoco, ellos tampoco.

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