La trama de lo pequeño por Pablo Olmedo

Por Pablo Olmedo

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“El hecho es que cada escritor crea a sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro”, escribe Borges en Kafka y sus precursores. Esta misma aseveración podía haberla escrito respecto de sí mismo, sin incurrir en ninguna inexactitud. El libro de ensayos sobre el que esbozaré aquí algunas reflexiones, es una suerte de laberinto, en cuyos pasadizos damos con algunos de los “precursores” de Borges. A veces encontramos sus nombres. A veces algún pasaje de sus obras, trascripto en diferentes momentos, con diversos propósitos y con matices en los énfasis, lo que da como resultado curiosas alteraciones del sentido de cada pasaje cada nueva vez que lo leemos. Otras veces, damos con reconstrucciones de argumentos, ideas complejas expuestas con una limpidez asombrosa. En medio de esta compleja trama, intentaré perseguir los contornos de una idea, que una y otra vez es mencionada, como una suerte de principio ético sobre el que se sostienen buena parte de las reflexiones contenidas en el libro: la importancia del individuo. Y, agrego, su singular aparición en la historia.

En El Ruiseñor de Keats, Borges retoma una afirmación que atribuye a Coleridge, y que aparece en varios pasajes de su obra: “todos los hombres –dice- nacen aristotélicos o platónicos”. Y con ello nos dice que existen, a grandes rasgos, dos formas de ver el mundo. Una consiste en buscar siempre lo general, incorporando al individuo dentro de la especie, y la especie dentro del género. La otra, por el contrario, pone el acento, antes que nada, en lo particular.  Borges afirma que los ingleses nacen aristotélicos, para decir que ellos pertenecen a este segundo género de hombres. Pero aclara: “Que nadie lea una reprobación o un desdén en las anteriores palabras. El inglés rechaza lo genérico porque siente que lo individual es irreductible, inasimilable e impar. Un escrúpulo ético, no una incapacidad especulativa, le impide traficar en abstracciones, como los alemanes”. La contraposición entre ingleses y alemanes no es casual; muchos de los ensayos de Otras inquisiciones tienen como trasfondo, más de una vez explicitado claramente, una discusión con el nazismo. Al totalitarismo impulsado por Hitler, Borges opone el modelo civilizatorio encarnado por Inglaterra. Esta discusión encuentra sus ecos aquí en Argentina. El peronismo es comprendido por el escritor como un proyecto decididamente totalitario, que en pos de un desmedido fortalecimiento de la máquina-estado, anula  la singularidad de los individuos: “El más urgente de los problemas de nuestra época (…) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo – escribe en Nuestro pobre individualismo-, en la lucha con ese mal, cuyos nombres son comunismo y nazismo, el individualismo argentino, acaso inútil o perjudicial hasta ahora, encontrará justificación y deberes”. Borges aventura, aunque “sin esperanza y con nostalgia”, la posibilidad de que el pobre individualismo argentino encuentre alguna vez un partido afín que prometa un mínimo de gobierno.

La afirmación del individuo por sobre cualquier abstracción es una cuestión política, pero, sobre todo, ética. La aclaración vale, ya que no se trata tanto de impulsar formas de participación colectiva que aboguen por la preeminencia del individuo sobre el estado, como de sostener una actitud personal ante el mundo y los otros, una actitud que consista en la atención minuciosa a lo singular. Y no es poca la dificultad que entraña sostener esta actitud. En el ensayo De alguien a nadie, Borges señala un proceso que parece repetirse en la historia: una idea que emerge como la expresión de algo concreto, con el paso del tiempo extiende de tal manera sus límites para alcanzar mayores niveles de generalidad, que esa extensión se trueca en su imposibilidad de significar algo. Así sucede con la idea judeo-cristiana de Dios, que de ser un “alguien” concreto, Jehová, un dios celoso, iracundo, que siente pesar en su corazón ante la soledad del primer hombre de la tierra, pasa a ser la “nada primordial” de Escoto Erígena, algo que es lo único real, pero que no se sabe qué es, algo de lo cual no se puede enunciar predicado alguno. Este proceso señala la dificultad de mantenerse siendo uno, sin querer ser más que eso: “ser una cosa es inexorablemente no ser todas las otras cosas; la intuición confusa de esa verdad ha inducido a los hombres a imaginar que no ser es más que ser algo y que, de alguna manera, es ser todo”, sentencia Borges a modo de corolario.

No obstante, esta dificultad parecería quedar conjurada por una operación secreta de la historia. En diferentes ensayos encontramos reflexiones sobre el carácter de la historia y, en términos metafísicos, sobre la naturaleza del tiempo. La idea de Léon Bloy de que la historia es un jeroglífico a ser descifrado; o la afirmación de Schopenhauer del carácter ilusorio de la historia; la concepción panteísta de Emerson, en la que la historia aparece como la expresión de los diferentes atributos de Dios; estas ideas, decía, son presentadas por Borges, que aventura sus consecuencias para pensar el mundo. Pero hay otra forma de concebir la historia que emerge de los ensayos y que, creo yo, se acompasa con la defensa de la individualidad que recorre la mayor parte del libro. Es la idea de que la historia es una trama secreta; idea fundada en el presentimiento de que ella entraña un pudor constitutivo: “yo he sospechado que la historia, la verdadera historia, es más pudorosa y que las fechas esenciales pueden ser, asimismo, durante largo tiempo, secretas”, afirma en el ensayo titulado precisamente El pudor de la historia. Son pequeños actos, de los cuales los mismos actores ignoran su significado más profundo, los que secretamente configuran la trama sobre la que se funda la historia de las grandes fechas conmemorativas. Esta concepción es puesta en juego en varios pasajes, en diferentes registros. En El sueño de Coleridge, Borges aventura la idea de un sueño que se va revelando a lo largo del tiempo, en diferentes individuos, primero en un emperador mongol, que sueña un palacio y lo edifica tal como lo había soñado; varios siglos después en Coleridge, que compone un poema que le fue revelado en el sueño, el poema versa sobre el palacio del emperador mongol. El enigma de Edward Fitzgerald narra el encuentro de dos poetas a lo largo del tiempo. Uno, Umar ben Ibrahim, que deja el legado de un puñado de poemas. Otro, Fitzgerald, que los traduce del persa al inglés. De este encuentro en el tiempo, de esta secreta colaboración, nace una obra nueva: “Un milagro acontece –escribe Borges-: de la fortuita conjunción de un astrónomo persa que condescendió a la poesía, de un inglés excéntrico que recorre, tal vez sin entenderlos del todo, libros orientales e hispánicos, surge un extraordinario poeta, que no se parece a los dos”. Estos son sólo dos ejemplos, en los que la idea de la historia como una trama secreta es puesta en juego, para explicar el encuentro “fortuito” y secreto de dos hombres, de dos sueños, a lo largo del tiempo y el espacio.

Borges dice pertenecer al “gremio de los escépticos”, “es dudoso que el mundo tenga un sentido”, afirma. Pero en la idea de la historia como una trama oculta, arriesgo, se puede advertir una cauta confianza en la posibilidad de que el mundo esté sostenido por aquello que es singular, por la acción anónima de algunos individuos, por la conexión fortuita de algunos hechos dispersos en geografías inciertas y épocas distantes. La afirmación de una historia compuesta, precisamente, por hechos singulares, insignificantes a los ojos de la época, protagonizada por individuos también singulares, y no por héroes, ni por sujetos colectivos, se opone a cualquier intento de totalización histórica.

Hace ya mucho había leído el ensayo  Anotación al 23 de agosto de 1944, cada vez que lo releí me llamó la atención la explicación que Borges arriesga respecto a la extraña alegría de los germanófilos argentinos ante la noticia de la inminente derrota del nazismo. Dice allí: “El nazismo adolece de irrealidad, como los infiernos de Erígena. Es inhabitable; los hombres sólo pueden morir por él, mentir por él, matar y ensangrentar por él. Nadie en la soledad central de su yo, puede anhelar que triunfe. Arriesgo esta conjetura: Hitler quiere ser derrotado”. Siempre me pregunté por qué nadie puede anhelar que triunfe el nazismo, por qué nadie puede querer la realización del infierno. Creo que el infierno, o lo que quiera que sea el mal, se ha concretado en varios momentos de la historia. Comprendo también que Borges no niega estas concreciones parciales de lo infernal, sino su perpetuación en el tiempo, la posibilidad de que sea un orden permanente de las cosas. Puedo forjarme una comprensión del significado de esta negación del siguiente modo: el nazismo constituye el exacto reverso de la comprensión del mundo y de su historia a partir de lo singular. Los nazis encarnaron de manera extrema la pretensión de reducir la realidad a una única dimensión, la de su pretendida raza aria. Así, llevaron adelante la monstruosa tentativa de anular la diversidad de lo real, intentando borrar razas y, con ellas, tradiciones, matices del universo, que para Borges tiene como finalidad, acaso, “la variedad”.[1] El triunfo de un infierno como el propuesto por el nazismo supondría la anulación de la realidad, que se expresa en las singularidades que la constituyen, en los matices que la componen. Por eso el nazismo, para Borges, “adolece de irrealidad”. Tan compleja es la realidad que no puede ser nunca reducida bajo un único aspecto. Esta certeza la explicita Borges en varios registros. En El idioma analítico de John Wilkinis como impotencia del lenguaje para abarcar el incierto orden de las cosas. En el texto sobre William Beckford, como la imposibilidad de realizar la biografía de un hombre: “Tan compleja es la realidad, tan fragmentaria y tan simplificada la historia, que un observador omnisciente podría redactar un número indefinido, y casi infinito, de biografías de un hombre, que destacan hechos independientes y de las que tendríamos que leer muchas antes de comprender que el protagonista es el mismo”. El señalamiento de esta imposibilidad constituye para Borges, no solamente un límite epistemológico, sino una piedra de toque para pensar una ética y, por qué no, aunque vagamente, algún tipo de acción política.

Hace unos meses, en una conferencia pronunciada por Diego Tatián en Río Cuarto, le oí decir que una democracia verdadera –no sé si utilizó este adjetivo, pero creo no falsear demasiado su idea- era aquella que podía contener a “los raros” –ésta expresión, si no me falla la memoria, sí es textual-. Creo que a las acciones colectivas, que llevamos a cabo a diario en el incierto campo de batallas de la política, hay que llevarlas adelante. Pero, creo también que la sugerencia de Borges de pensar la historia a partir de aquellos hechos singulares y, en apariencia, insignificantes, encarnados en individuos también singulares y, también, insignificantes desde la perspectiva de los podios de cada época, es un forma de abrir el juego para no excluir nunca de él a “los raros”, a lo singular de la realidad, a aquello que de ella es irreductible a nuestra total comprensión y nos incomoda incesantemente; a aquella trama hecha de pequeños hilos que nos devuelve la patencia de lo insólito y provisorio que es existir.

 

[1] En extenso ensayo Nathaniel Hawthorne, que es una clase de sobre la obra del autor norteamericano, Borges arriesga una justificación para la decisión del escritor de permanecer varios años de su vida prácticamente encerrado en su cuarto: “Cabría conjeturar que Nathaniel Hawthorne se apartó muchos años de la sociedad de los hombres para que no faltara en el universo, cuyo fin acaso es la variedad, la singular historia de Wakefield”.

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