No en la escritura por Eduardo D. Dib

Por Eduardo D. Dibdib

En el mundo de J. L. Borges existe un libro poblado de infinitas páginas. Esta infinidad se manifiesta de varias formas, cada una de las cuales  puede ser asimilada con alguna propiedad de los conjuntos numéricos.

En este par de páginas exploraremos dicha similitud y veremos emerger el Libro de Arena como un símbolo complejo, pero no autónomo. En efecto, no sólo el libro y sus páginas, sino asimismo los personajes y cada elemento  puesto en escena se articulan en el desarrollo del relato y allí pierden su apariencia de objetos para revelarse como funciones en la producción del sentido final.

El horror pasa entonces del objeto imposible a la incertidumbre que emerge tras el desenlace, incertidumbre que (de manera típica en Borges) refiere al lugar del hombre en el universo antes que a la existencia de un dios.

Pero, ¿cuál puede ser el sentido de este relato que se fija en el libro y no en la escritura?

Usualmente las páginas de un libro forman una serie análoga a un intervalo de números naturales: siempre hay un primer y un último elemento, además cada página tiene otra que le sigue o le antecede inmediatamente, sin que otras se interpongan.

El Libro de Arena, en cambio, no tiene primera ni última página: cuando uno intenta hallar el comienzo, entre la tapa y el sitio en que abrimos siempre se interponen  hojas. Esto recuerda a una propiedad, llamada densidad, que exhiben los números racionales cuando se los ordena por magnitud: entre dos racionales se encuentra una infinita cantidad de otros racionales.

Sin embargo los racionales, en tanto pares ordenados de números naturales, pueden ser arreglados en una matriz de dos entradas y reducidos a una serie única no densa, como mostrara Cantor. Guillermo Martínez sugiere que éste podría ser el ordenamiento de las páginas del Libro de Arena, con lo cual explicaría por qué la numeración no sigue el tradicional orden de menor a mayor.

Pero aceptando esta explicación se pierde la propiedad de la densidad, lo que no parece aceptable, ya que es precisamente ella la que establece la presencia de infinitas páginas en un volumen finito. Una explicación del Libro de Arena debería conservar esta propiedad, pues es la evidencia de lo infinito traído al universo físico y a la escala del ente particular lo que desata primeramente el horror y conduce a ulteriores revelaciones. La numeración no secuencial deberá aguardar su turno.

Además será necesario tener en cuenta otra propiedad del Libro que no guarda similitud con el conjunto de los racionales: una vez vuelta, una página no puede volver a ser encontrada. Llamemos a esta propiedad “inhallabilidad”: ella juega un papel crítico para la interpretación del desenlace y la constitución del sentido completo del relato.

Si queremos encontrar un símil numérico de la “inhallabilidad” debemos dejar tanto el conjunto de los naturales como el de los racionales, ya que en ambos conjuntos el valor de sus elementos resulta susceptible de ser determinado con exactitud (pueden, en principio, ser “hallados”). En el conjunto de los números reales, en cambio, se encuentran los irracionales, los cuales nunca pueden ser hallados en su valor exacto (sólo pueden ser aproximados) y se prestan por lo tanto para la analogía con esta propiedad clave del Libro.

De todos modos es momento de dejar en claro que no se trata de encontrar un modelo del Libro de Arena en tanto “objeto imposible”, ya que ha sido construido precisamente para frustrar todo intento de racionalización. Se trata más bien de interpretarlo como un símbolo complejo que, a medida que avanza el relato, va desplegando “propiedades” no sólo distintas sino también incompatibles, que reflejan cómo varía la perspectiva del narrador desde su tranquilo orden rutinario inicial a la confusión del encuentro con el Libro y de allí hasta el horror que conduce al desenlace. Estas propiedades lo conectan con los personajes y demás elementos puestos en escena, con lo que se alcanza el sentido del relato en su completa extensión.

En efecto, al comienzo el Libro de Arena le llega al narrador de un “vendedor de Biblias”, que a su vez lo obtuvo de … , y así se sugiere una serie infinita de portadores del Libro que se pierde en el pasado. Esta serie se asemeja a la de los números naturales, pero invertida (hay último elemento, pero no primero) y se opone a la serie de las páginas, análoga a los racionales. Sin embargo, al final el narrador se rebela contra la cobardía que llevó a los anteriores poseedores a deshacerse del Libro pasándoselo a alguien más y lo “pierde” en una gran biblioteca para que no vuelva a ser encontrado.

Pero con este gesto al mismo tiempo reconoce no solamente que el universo sería parejamente infinito, sino que además tendría la misma propiedad de “inhallabilidad”: así como cada hoja es inhallable en el Libro, el Libro se torna inhallable en la Biblioteca y ésta quizás en el Universo. Ahora sí cobra sentido la numeración no secuencial de las páginas, como intriga y velada anticipación del final.

El tema de las retrogradaciones infinitas es recurrente en Borges. Se lo sugiere también en “Las ruinas circulares”, donde el soñador descubre que él mismo ha sido a su vez soñado y asoma así la sospecha de que no habría un primer soñador, un origen o fundamento de la serie. Otro tanto ocurre en “Ajedrez”, donde “Dios mueve al jugador, y éste la pieza” y finalmente surge la pregunta “¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza de polvo y tiempo y sueño y agonías?”

El tema de las cosas que no pueden volver a ser encontradas también recurre, por ejemplo en “El disco” y en “Delia Elena San Marco”.

Si fuera lícito relacionar ambos temas, y parece serlo ya que el autor los reúne en “El Libro de Arena”, podemos decir que esta relación añade una nueva dimensión al horror del relato, ya que a la irrupción de lo infinito en el orden de los objetos cotidianos le suma la condición de “estar perdido en”, que pasa de las páginas perdidas en el Libro a los entes perdidos en el Universo. Si además admitimos la afinidad entre la retrogradación de los portadores del Libro y otras retrogradaciones como las que se insinúan en “Las ruinas circulares” y “Ajedrez”, entonces “estar perdido” connota además estar perdido respecto al origen o fundamento en sentido metafísico, perdido respecto a Dios. Tengamos en cuenta que, de manera consistente con esta interpretación,  el narrador entrega una Biblia a cambio del Libro, al cual termina considerando obsceno.

Para terminar, habría que señalar sin embargo que la percepción que conduce al horror y al cierre del relato es la de estar perdido en el universo, antes que la pérdida de religión.

Indudablemente, al hablar de “estar perdido” es la idea del laberinto la que viene a la mente, un símbolo que para Borges tiene un sentido ambiguo:

“Si supiéramos que este mundo es un laberinto, entonces nos sentiríamos seguros, pero posiblemente no sea un laberinto, es decir, en el laberinto hay un centro, aunque ese centro es terrible, es el minotauro, en cambio no sabemos si el universo tiene un centro; posiblemente no sea un laberinto, sea simplemente un caos, y entonces sí estamos perdidos”

La humana incertidumbre que se cifra en la ambigüedad del símbolo no concierne a la naturaleza angélica o demoníaca del universo, sino a su forma ordenada o caótica:

“Pero si hay un centro secreto del mundo, ese centro puede ser divino, puede ser demoníaco, entonces estamos salvados, entonces hay una arquitectura.”

Esta es la incertidumbre que se resuelve negativamente en el desenlace de “El Libro de Arena” (para culminar el horror del narrador) y concierne al lugar del hombre en el universo antes que a la existencia o el carácter de una divinidad.

BIBLIOGRAFÍA  CITADA

BORGES, J. L., “Ajedrez”, en El hacedor, Alianza Editorial, Madrid, 1998

BORGES, J. L., Borges para millones, Corregidor, Buenos Aires, 1997

BIBLIOGRAFÍA REFERIDA

BORGES, J. L., “Las ruinas circulares”, en Ficciones, Debolsillo, Buenos Aires, 2011

BORGES, J. L., “El disco”, en El libro de arena, Emecé Editores, Buenos Aires, 1989

BORGES, J. L., “Delia Elena San Marco”, en El hacedor, Alianza Editorial, Madrid, 1998

MARTÍNEZ, G., Borges y la matemática, Seix Barral, Buenos Aires, 2006

DAUBEN, J.W., “Georg Cantor y la teoría de conjuntos transfinitos”, en Investigación y Ciencia Nº 83, Prensa Científica, Barcelona, 1983

 

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