Juan José Saer: la maldición del tiempo por Liliana Díaz Mindurry

Por Liliana Díaz Mindurry

Juan José Saer: la maldición del tiempo

No hay al principio,  nada. Nada. El río liso, dorado, sin una sola arruga y detrás, baja, polvorienta, en pleno sol, su barranca cayendo suave, medio comida por el agua, la isla.

J. Saer

De esta forma comienza la novela Nadie nada nunca, a mi entender, obra maestra de Saer. De forma igual o similar comienzan otros capítulos. El juego de Saer de repetición y de tiempo detenido, de fijación del detalle mínimo y especialmente de sentidos atentos al menor cambio de luz, al menor murmullo, donde la acción carece de importancia, pero sí una contemplación tan minuciosa que parece remedar la de Funes el memorioso de Borges. El personaje Ireneo Funes de Borges registra en su memoria cada cambio imperceptible, como si la memoria hubiera dejado de seleccionar y estuviera en un estado prelógico e imposible. Funes no puede seleccionar: Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero, ironiza Borges. Llama a su memoria vaciadero de basuras. Dice también: Funes discernía continuamente los tranquilos avances de la corrupción, de la fatiga. El trabajo de Saer no puede registrar esa imposibilidad, pero registra la casi imposibilidad, de una percepción  como si remedara el pensamiento de Heráclito. A diferencia de Borges que lo dice, Saer lo muestra y el esfuerzo es mucho más lento que el de cualquier percepción. Como si la percepción fuera lo único importante y no la selección de datos de una realidad multiforme y cambiante donde sin embargo todo parece inmóvil, detenido, donde tanta minucia es como la nada, un tiempo del nunca vivido por nadie.

El Mal-Decir cobra entonces todo su esplendor por la imposibilidad de semejante percepción. En el cuento Sombras sobre un vidrio esmerilado se habla de oír crecer el pasto y en esta novela también se oye el rumor de la luz y hasta se siente como algo posible. Uno se siente un poco tentado a oírlo o a preguntarse: ¿Qué me perdí?

La sensación de desmesura de este universo entre petrificado como el de Parménides y que registra casi el menor cambio como en las ideas de Heráclito produce un placer, mezclado de pavor. Ese tiempo que se estira como sin transcurrir, ese instante alargado en toda la posibilidad  lingüística(mucho más interesante que la digresión infinita de Silla de Saramago que estira la caída de la silla en un largo cuento mediante ese recurso y no mediante la percepción: tanto que produce en Saramago la sensación de ironía o absurdo como en Funes, mientras que Saer consigue una hiperrealidad irreal o fantasmática) muestra el caos a partir de la mirada. Semejante mirada desmenuza toda realidad y el lenguaje adquiere el horror de un lenguaje como silencio o de un silencio como lenguaje. Así desnuda esa naturaleza intrínseca de la palabra de producir paradoja, equívoco, de no ser y de exhibir el no ser de cualquier pretendido ser.

Esta posibilidad de Mal-Decir, más que ninguna otra, da una idea de esa ciega obsesión de la existencia que radica en la existencia misma y en su vacuidad, casi como una imposibilidad de salir de la misma, como si persistiera en la misma aniquilación.

Saer está siempre nombrando el vacío y dándole forma de objetos cotidianos, repetidos, monótonos donde la luz parece ser lo único que hace y deshace, como si el mundo no fuera más que ése: los pequeños cambios en la visión, la luces, sombras, manchas, refucilos, brillos. Como si la luz y un sonido difuso fuesen los únicos actores de un mundo que en realidad nos negamos a ver, preocupados por la necesidad de la idea o de la narración. El libro se disgrega, parece unificarse, sigue disgregándose y el Mal-Decir es un decir el silencio con palabras, como si sólo se tratara de eso.

Las palabras se refieren a cambios vivos de la apariencia de las cosas, como si todo pudiera producirse en la superficie, en los cambios de la percepción. Uno recuerda cuando dice Pessoa: una calle inaccesible  a todos los pensamientos/ real, imposiblemente real, verdadera, desconocidamente verdadera.  Se me ocurre que se acerca a lo que subyace en el Mal-Decir de Saer. No hay pensamientos, hay una realidad imposible porque es de palabras que aparentan una percepción no humana, no unificadora, casi primordial. Es verdadera de un modo desconocido porque parece ligarse a las cosas en su rutinaria calma, apenas cambiada por un asesino de caballos que resulta onírico, o  por un refucilo en el horizonte.

Ese no hay al principio nada  remite casi expresamente al caos original.  Es como si la muerte ya estuviera petrificando esas figuras (porque no son personas), apenas siluetas delineadas por la luz o la sombra. La muerte parece el ser de las cosas, en sus cambios perpetuos y monótonos, máscaras de una eternidad congelada como ese río sin una sola arruga, casi como esperanza.

Leemos: La isla baja polvorienta, en pleno sol, su barranca rojiza cayendo suave, medio comida por el agua, está inmóvil, sin que ni siquiera pájaros, mariposas, se levanten de entre los árboles enanos a los que ninguna brisa sacude, de entre las flores rojas, amarillas, blancas, desperdigadas entre las ramas y entre la maleza que se calcinan a la luz de febrero, el mes irreal sin que en la orilla irregular se perciban, en ningún momento, las sacudidas suaves de la estela que va dejando la canoa verde al avanzar, con enviones bruscos, en el medio del agua, río arriba, dejando atrás los bordes visibles de la estela que van separándose imperceptibles y que rayan el agua caramelo sobre la que la luz caliente destella múltiple y arbitraria.

Aquí hay una palabra centro de todo el párrafo y es “irreal”. Porque ésta es la sensación. Un paisaje con una canoa infinita que no se mueve nunca y una luz tan múltiple y arbitraria como el lenguaje usado, ese Mal-Decir hecho de islas comidas, flores calcinadas,  y una estela que pese a los enviones bruscos parece estar detenida en la nada de nadie y de ningún tiempo. Todo es imperceptible, pero la percepción del lenguaje lo percibe. Ninguna brisa que pretenda ningún significado. ¿Esa luz múltiple y arbitraria es la tiniebla visible aludida por el Diablo del cuento de Pessoa?

La palabra no revela sino esconde como Eso o Dios. Tal vez Eso revela y esconde a la vez y ése sea el movimiento casi insoportable en su belleza y su horror  de la escritura literaria. Sabe que no dice. ¿Qué dice, sin embargo, en los bordes? ¿La revelación imposible de un mundo ya de antemano muerto y devorado por la palabra, en su función de agujero? ¿La isla ha sido comida por la palabra “isla comida”?

El lenguaje es interrogación. No afirma, ni niega: pregunta y ni siquiera la pregunta es comprensible además de no tener respuesta. Sin embargo un movimiento de profunda desinstalación se produce en el lenguaje literario, que da la sensación de que algo está  por revelarse, algo está por estallar en la mente del lector.

Y eso sucede con este mundo de eternidad y de percepción imposible, este silencio casi maravilloso (porque está hecho de rumores que hasta pueden sentirse) de Saer.  En las antípodas del caos visible de Lewis Carroll, su tiniebla muy visible, su ambigüedad de las locuciones más comunes, su desconfianza divertida y feroz del lenguaje, Saer , desde otra zona, una casi sensualidad que no tiene asidero lógico porque va más allá de lo que un contemplativo sensual que se dedicara a detener el tiempo consiguiera producir, logra significar por la insignificancia, como si el tiempo fuera un mero balbuceo acentuado por la palabra que dice o lo indecible y al decir eso indecible, deja de decir lo decible, o sea comunicar.

Aspira a recuperar la eternidad en el tiempo, lo que es inconcebible.

Aspira a que la palabra produzca esta ferocidad como si el Mal- Decir  estuviera dirigido al tiempo que se traga las cosas, come las islas y fabrica la muerte.

Si el tiempo es una maldición es que está continuamente mal-dicho. La literatura lo detiene, lo vuelve hacia atrás, lo vuelve de la velocidad de la luz, lo aliena de sí. El tiempo es la palabra pura porque no existe más que como palabra. Tal vez como todas las cosas, pero el tiempo es un ejemplo casi perfecto.

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