Los maratonistas por Lucía Minkevich

Crítica de la película El viajero, de Abbas Kiarostami (Irán/1974), 83 min.

Por Lucía Minkevich

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En una de las escenas de El viajero, Ghassem se recuesta sobre la gramilla y se abandona en el sueño pesado. Rememora escenas de lo que podía adivinarse como un suplicio moral: sus compañeros de escuela lo perseguían hasta hacerlo caer y frente a su madre, comenzaban a azotarle con una vara las plantas de los pies. Ghassem, pequeño intérprete locuaz como tantos otros niños del cine de Kiarostami, intenta por todos los medios hacerse con algo de dinero para poder viajar a Teherán y allí ver jugar al seleccionado de fútbol iraní.

Aquella idea inmutable sobre los niños que recorren un camino escabroso, pequeños maratonistas comprometidos en una lucha frenética contra las circunstancias adversas, surge en el contexto cultural del Instituto para el Desarrollo Intelectual de Niños y Adolescentes en el que el cineasta iraní estructura sus primeros guiones e imágenes que ennoblecerán a la profusa Nueva ola iraní.
Contenido y forma parecen repetirse en los relatos fílmicos de Kiarostami, y sin embargo El viajero se desprende genuino de su pródiga filmografía al sumar un componente inmenso: el fútbol interviene como medio y no como fin, un medio por el que transcurre el personaje dentro de la historia. A través del fútbol, Ghassem se libera de la educación inquisidora, de una familia resquebrajada y lleva adelante su necesidad de liberarse temporalmente de los convencionalismos asignados. Disfruta su vivencia solitaria y derruida y sin embargo, su huida se pagará con futuras reprimendas morales y físicas. Una vivencia que se manifiesta en el error que se paga, con el temor que supera y que lo hace crecer de golpe.
Ghassem junto a su amigo, inmersos en la lógica pura, recurren a una cámara de fotos obsoleta con la que comienzan a recaudar dinero a cambio de decenas de fotos falsamente capturadas que jamás verán la luz. La astucia y el fraude corresponden a un plan cuidadosamente estudiado y que cubre con un encanto mágico la ingenuidad de los fraudulentos.

En la historia, el cineasta iraní deja entrever su recurrente gusto por la sencillez expositiva anclada en la búsqueda de cierto grado de objetividad ante las imágenes atesoradas por la cámara. Se revelan todos los detalles y el fondo de la historia, filmada en clave de crónica, aunque sin la frialdad del documental.
De esta forma Kiarostami logra incentivar una suerte de incertidumbre y curiosidad a partir del modo en que compone la idea de infancia al mostrar cómo Ghassem se siente atraído y a la vez intimidado por los asuntos de los grandes.


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Reseña realizada para el ciclo “Abbas Kiarostami”, proyectado en el mes de marzo en el Centro Cultural Leonardo Favio, Río Cuarto.

 

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