Resentidos por Guillermo Ricca

Por Guillermo Ricca

Resentidos

A esta altura de los tiempos, no sorprende a nadie el vínculo entre pasiones (afecto) y política. Desde el siglo XVII la filosofía política viene machacando en el carácter constitutivo de ese vínculo. No hay política desafectada, sin en el enredo con alguna pasión. Hobbes y Spinoza llevarán este postulado hacia las conclusiones que Descartes no se animó a extraer: Como señala Claude Lefort, el genio maligno cartesiano, esa figura que amenaza a la razón en el Discurso y en las Meditaciones, tiene toda la mala fama que la época le atribuyó a Maquiavelo. Mala fama que no impide a Spinoza evocar al autor de El Príncipe como el “agudísimo florentino”.

Entre nosotros, hay una pasión política tabú. Es la pasión del resentimiento, quizá la más paradójica y al mismo tiempo, emblemática pasión política de los argentinos. Paradójica porque se trata de un afecto que a la vez es condición de posibilidad e imposibilidad de aquello que habilita. Podría decirse que el resentimiento activa fuerzas que resisten: resentir es sentir muchas veces lo mismo, lo cual parece contribuir a generar cierto músculo, cierta fuerza silenciosa o silenciada que, al ligarse con otras fuerzas, puede producir un acontecimiento, una ruptura. Es decir, abrir algo nuevo, hacer audibles esas voces antes silenciosas o silenciadas. Dicho en la jerga de la filosofía política contemporánea: el resentimiento, en articulación con otras fuerzas, puede enlazar una subjetividad política, puede habilitar a un pueblo que, en su emergencia, anuncia que viene a perturbar el reparto instituido de la experiencia posible.

Sin embargo, como el mismo Spinoza no dejará de recordar, la dinámica de las pasiones abandonadas a su propia inercia sólo conduce a una vida de servidumbre. El odio puede dar lugar a una perfecta venganza pero es impotente para imaginar un programa capaz de crear lo que no hay: un mundo más justo y más igualitario. Y esta impotencia no es una impotencia moral, no le viene dictada a la pasión por ninguna exterioridad superior que oficiaría de juez o instancia trascendente. Esa impotencia es constitutiva de la misma pasión en tanto que tal. Spinoza diría: pensar no está en su naturaleza. Esta radical ambigüedad del resentimiento es redoblada por el goce que experimenta quien lo vive. El goce en el resentimiento remacha la experiencia de la tristeza. Ata a quien lo padece a la cadena de la reproducción de lo mismo, lo introduce en el círculo vicioso propio de quien no debe hacer nada con su pensamiento, tan sólo registrarlo, repetirlo, dejar que se remache dentro de sí. Por eso el resentimiento también es la fuerza que impide, que obtura que algo pase; puede ser y a menudo es anda más que una impotencia reactiva. Es lo que sucede a Silvio Astier, el personaje de Roberto Arlt en El juguete rabioso. En las más de ciento cincuenta páginas de la novela, vemos el discurrir de la tristeza en sus diferentes formas afectando las reflexiones, los sentimientos y las decisiones del personaje. Incluso podría conjeturarse que Erdosaín, el héroe de Los siete locos, es la forma políticamente madura de aquella pasión aprendida en la infancia, en la universidad de la calle. Una madurez que sólo puede concebir la política como conspiración y destrucción, nunca como afección del estar junto a otros, atravesando el desierto sediento de lo común. Es decir, nunca como liberación, ni como emancipación hacia una realidad que, en tanto que nueva, debe y puede construirse.

Pero el resentimiento no es, como tienden a pensar las almas bellas, una pasión de propiedad plebeya. Borges—también Cortázar—en un puñado de textos, no dejaron de estampar su resentimiento por las voces y los cuerpos de la plebe invadiendo los espacios propios de las élites y de las élites ilustradas. No deja de ser sintomático que uno de esos espacios, en el caso de Borges, sea la universidad; incluso la universidad pública posterior a la Reforma del 18 y al Manifiesto Liminar, y más aún, posterior al decreto de Perón que la desaranceló, hasta nuestros días.

Dije al comienzo que el resentimiento es una pasión emblemática de los argentinos. La oligarquía se la endilgó al peronismo, al desparpajo de las masas plebeyas invadiendo el centro de las ciudades. La izquierda antifascista sostuvo también el dedo acusador en la misma dirección. Pero la oligarquía lo hizo con un odio mimético potenciado, capaz de escribir en las paredes de Buenos Aires la leyenda “Viva el cáncer”, como expresión del goce perverso ante la muerte, ante la imposibilidad de seguir administrando la muerte. Goce que era más que un acto de cinismo, como quedó expuesto en las masacres de partisanos peronistas en José León Suárez o en los cuerpos torturados y desaparecidos en las mazmorras de la última dictadura. La vieja oligarquía redobló la apuesta monstruosa al desnudar una afectividad mil veces más perversa que la del denostado “monstruo de mil cabezas”, metáfora que designa al pueblo, por lo menos, desde la teología política platónica.

Quizás no esté en nuestras manos desatar el vínculo del resentimiento con la política, pero sí el operar desplazamientos en los límites de la imposibilidad de aquello que clausura. En otros términos: desplazar los límites de lo que puede hacerse con un pensamiento, con su capacidad y potencia de medirse con realidades que no se le asimilan, que no se dejan absorber por lo mismo, remachado, una y otra vez. Ese y no otro es el desafío de toda política de liberación. El resentimiento acecha no sólo en la conjura de todos los poderes del mundo viejo que anhelan su restauración en cada presente revolucionario, como supo ver Marx desde las primeras páginas del 18 Brumario… “Cuando los hombres se deciden a cambiar la historia….”. Aquél fantasma de lo muerto que pesa como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos, no es un patrimonio de la derecha. La izquierda radical conoce otra versión de ese sentimiento: el que confunde cualquier disenso, toda forma de desacuerdo, con una repetición del crimen que no debe ser perdonado ni olvidado. Es correcto suponer que no se puede perdonar ni olvidar el horror. Al menos, hasta que los responsables se hagan cargo de sus crímenes y respondan por ellos, asumiéndolos como tales. Pero una posición diferente en la coyuntura política no necesariamente es, ni mucho menos, una posición antagónica, y menos aún una posición asimilable a un crimen contra la humanidad. El desborde, la desmesura ante lo que meramente difiere, no es un afecto propio de una subjetividad democrática. No utilizo el concepto de democracia en un sentido policial, sino metapolítico: como poder del demos, como litigio de los que no cuentan, como el discurso de la parte que no tiene parte en el reparto social/sensible instituido. Por aquí suele discurrir también el rechazo bien pensante a toda acción que no sea en sí revolucionaria (¿Existe algún método para juzgar la certeza revolucionaria?). Así, la izquierda radical tilda de reformista cualquier inscripción del demos en el derecho, en las instituciones o en los programas de gobierno. Desplazar colectivamente los límites del resentimiento, es signo de una vida más democrática. Es decir, de un acortamiento de la distancia entre gobernantes y gobernados, como Grasmci supo ver, uno de los meollos de una política revolucionaria.

 

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