De la naturaleza del amor por Antonio Tello

Por Antonio Tello

El amor es un sentimiento que nace de la pulsión reproductiva y dota al instinto de supervivencia de categoría emocional que eleva al homínido por encima de la animalidad y lo dispone para el proceso civilizador. Puede inferirse que el momento en que se dio este paso crucial en la historia de la humanidad fue cuando, por algún motivo, durante la cópula posterior, la hembra se giró, el macho la penetró y, mientras se consumaba esta nueva forma coital, ambos pudieron abrazarse, acariciarse y gruñir de placer mirándose mutuamente. Ver y oír al otro [y ser mirado y oído por él] en el momento de la cópula generó en el cerebro de estos homínidos un placer mayor que el que habían experimentado hasta entonces; un placer que un día descubrieron que se prolongaba más allá del abrazo provocándoles una sensación que era como un eco indefinible de la sensación física.

Esta sensación nueva, más constante y perturbadora que la física, se extendió a medida que los individuos entregados a la cópula reproductiva empezaron a reconocerse entre sí y a necesitarse para sentirse uno siendo dos. En este estadio de la mecánica reproductiva, el amor surgió como una fuerza poderosa de atracción que no sólo favorecía la continuidad de la especie sino que también aseguraba y organizaba la alimentación de la pareja, la prole, la familia, el clan, la tribu, etc. Es decir que, de un modo casi espontáneo, el amor permitió a la supervivencia del grupo dar un salto cualitativo[i]. Sin embargo, esta cualidad del sentimiento amoroso fue menospreciada por el homo erectus que blandió como arma la quijada de una osamenta. No fue hasta el siglo I,  cuando Jesús enunció por primera vez la noción de amor al prójimo, que el valor del amor como factor de cohesión armónica de la comunidad fue reivindicado.

Pero para entonces el golpe asestado por el hombre primitivo para asegurar su poder ya había abierto un profundo tajo en el amor original. Y fue por esta herida que los poderes político y religioso filtraron sus sistemas de valores ideológicos y morales y contaminaron el concepto de amor con propiedades ajenas a su genuina naturaleza haciéndolas aparecer como cualidades intrínsecas. Entre éstas, quizás las más dañinas para la plena realización amorosa son el dominio y la propiedad. A través de estos dos agentes, el amor fue sacado de la intimidad y expuesto a la mirada social, la cual lo acotó al ámbito institucional –matrimonio, civil o religioso, u otras formas de emparejamiento reconocidas por las leyes- y lo supeditó a las jerarquizaciones culturales rompiendo el equilibrio íntimo del abrazo y favoreciendo el dominio de uno sobre otro. Cuando esto sucede, es decir, cuando uno de los miembros fagocita al otro, el amor desaparece porque se destruye la unidad de dos que constituye la piedra angular de su existir. El «placer de convertirse en dúo indivisible, invisible, indisoluble, es una de las características más hermosas del amor».[ii]

La idea de esta unidad de dos hay que buscarla en el mito del andrógino. Según se lee en El banquete[iii], de Platón, los andróginos eran seres dobles, tan fuertes e inteligentes que los dioses, sintiéndose amenazados, los dividieron. Desde entonces, esos seres demediados se buscan. Del mismo modo que los andróginos divididos, los humanos son seres incompletos, para quienes el deseo amoroso es acaso una necesidad perpetua de compleción[iv]. Una compleción que quizás se produjo por primera vez cuando el macho y la hembra homínidos se miraron a los ojos durante el placentero instante de la cópula dejándoles una huella indeleble. Quizás ese fue el instante en que Psique y Eros se reconocieron, en que el alma y el cuerpo establecieron un pacto para prolongar el gozo de la unidad más allá del placer orgánico. El fruto de este pacto es lo que se ha dado en llamar amor. Ahora bien, el amor es un sentimiento complejo en el que concurren varios agentes activos, de los que son fundamentales el deseo y el placer.

¿Puede definirse el deseo? Ya en su misma morfología la palabra expresa su tendencia a la disolución. Como afirma Jean-Didier Vincent[v], el deseo «designa un estado interior, una tendencia vivida por el sujeto sin pasar necesariamente a la acción». El deseo manifiesta una necesidad que surge de la experiencia del goce y que se manifiesta como una voluntad de obtener una recompensa, la cual está representada por el placer. Antes que el amor, el hombre primitivo descubrió el goce físico que le proporcionaba la cópula y, merced a la necesidad –el deseo-, de repetir este goce, superó el cíclico impulso sexual de fines reproductivos. Este individuo fue quien, movido por ese deseo, empezó a domesticar el instinto y a utilizarlo para el acto voluntario de consecución del placer.

Lo que suele hacer imperioso y hasta insoportable el deseo es su vínculo con el instinto, por lo cual no es una manifestación enteramente espiritual sino un estado subyacente de la pasión, entendida ésta como un resabio de la animalidad en la conducta humana apenas disimulada por el pensamiento, el lenguaje y los hábitos culturales. No obstante, la pasión no debe interpretarse como un factor negativo sino como una fuerza natural que permite al hombre crear el mundo al aunar «como una sinfonía coral, las pasiones de los seres que lo habitan y los concierta para vivir unidos, conservando sus distinciones», según Carlos Gurméndez[vi].

Objeto y consumación del deseo es el placer. Éste, que puede ser medido como una magnitud biológica, es a un tiempo «estado y acto»[vii] que confiere dicha y luminosidad al cuerpo. La caricia lo provoca y lo llama a manifestarse en la superficie de la carne y, cuando lo consigue, lo induce a una implosión que se extiende por todo el cuerpo como una singular corriente de alegría y felicidad que da sentido a la cópula y, al perdurar como un oscuro latido interior, instala a los amantes en el punto de partida, extenuados y sedientos de una nueva compleción.

A causa del placer, el sentimiento amoroso se identifica con la armonía y la belleza y, en su proyección social, con la bondad, la paz, la solidaridad y el bien de la comunidad. El amor, excluye por naturaleza, la fealdad, el mal y el dolor, porque, como en el siglo III anotó Diógenes Laercio en el libro dedicado a Epicuro, el placer «es conforme a la naturaleza» y el dolor «le es extraño». De aquí que podamos «distinguir entre las cosas que hay que elegir y las cosas que hay que evitar». En este sentido, Octavio Paz[viii] afirma que «el amor nace a la vista de la persona hermosa [que el amante ve hermosa]. Así pues, aunque el deseo es universal y aguijonea a todos, cada uno desea algo distinto; unos desean esto y otros aquello. El amor es una de las formas en que se manifiesta el deseo universal y consiste en la atracción por la belleza humana [física y espiritual].

La noción del amor platónico, prefigurada en el mito del andrógino, surge como una reivindicación humana frente al poder de los dioses. Los amantes son quienes trazan su destino –realización y consumación del amor- apelando a la autonomía humana en el mundo, la libertad de seres conscientes de existir merced al pacto entre Psique y Eros [alma y cuerpo en la tradición judeocristiana] que los eleva por encima de la animalidad y al mismo tiempo les exige responsabilidad en sus actos. La idea de un yo consciente de su propia existencia, responsable de sus actos y dueño [libre] para realizar su destino en complicidad con otro yo semejante, plantea la existencia del amor desde la razón y no como un don inspirado por un ser superior y condicionado por su voluntad a través de su religión. Esta concepción platónica del amor, que aún subyace en el imaginario de Occidente, se opone a la concepción de la tradición judeocristiana, que la entiende y la impone a la sociedad como parte de su sistema religioso y, por tanto, del código moral que lo rige.

Si bien en el Génesis (Gn. 2, 21-23) la creación de la mujer a partir de la costilla del hombre parece un vestigio del mito del andrógino, Adán y Eva no se conocen hasta que ella prueba el fruto del árbol de la ciencia, del Bien y del Mal instada por la serpiente, que puede tomarse como un trasunto de Eros. Es así como Eva vio que el fruto de ese árbol era «bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr la sabiduría» (Gn. 3, 6), y lo comió. Al hacerlo, ella y Adán se vieron en su desnudez, es decir, en su naturaleza humana hasta entonces vedada por la divinidad. A diferencia de la pareja homínida que superó el estadio de la animalidad al verse entre sí durante la cópula, la pareja adánica fue expulsada del Paraíso cuando perdió la inocencia edénica y el conocimiento les descubrió sus cuerpos.

Desde ese momento, ambas parejas tomaron conciencia de su autonomía y aprontaron sus vidas para la habitación del mundo. Sin embargo, mientras que para la pareja platónica la unión de los cuerpos y de los espíritus fue motivo de dicha, exaltación del placer y acto de emancipación frente al poder de los dioses, para la pareja adánica la cópula trajo consigo el recuerdo de la caída, el sentido del pecado que contaminaba el abrazo con el sentimiento de culpa y desencadenaba el dolor.

Esta concepción antinatural de un tipo de amor que reniega del placer carnal y tiene a la cópula como una inevitable necesidad acotada a su función reproductiva ha sido fuente permanente de violencia. Salvo en esa isla de amor luminoso que constituye el Cantar de los cantares, la letra del Antiguo Testamento, prohijada por el fundamentalismo yahvista, inficiona el amor humano de una moral sobre la que se sustenta una cultura intolerante que alimenta desde el repudio, cuando no el asesinato, de los amantes extrañados por la ley divina hasta las guerras santas y cruzadas contra pueblos de otras creencias o de distintas sectas.

Esta violencia, fruto de la represión a la que es sometida la carne, también se manifiesta contra el individuo, el cual busca salida a esta negación a través de la flagelación, la tortura o la automutilación, que ejemplifican la autocastración de Orígenes de Alejandría, cuando el deseo se le hizo insoportable, y el cegamiento de Lucía de Siracusa, para negar su belleza. El intento de Jesús de paliar los efectos de esta disfunción introduciendo la noción del amor al prójimo ha evitado que se perdiera definitivamente el contacto con la naturaleza, pero no ha conseguido liberar al ser humano occidental del sentimiento de culpa que se hace presente en la consumación carnal del amor.

En la naturaleza del verdadero amor están presentes el cuerpo y el alma, ambos, en tanto unidad que busca la unidad, persiguen el placer, la dicha, la belleza y, en definitiva, la justicia. El amor es ajeno al dolor, a la apropiación y al dominio del uno por el otro y, en consecuencia, a la violencia. Su consumación excluye cualquier código moral porque en sí mismo el amor constituye el bien, la felicidad y la libertad. Un sentimiento que permite medir el grado de humanidad que separa al hombre del animal.

 

[i] Fischer, Helen E., El contrato sexual, la evolución de la conducta humana, Argos Vergara, Barcelona, 1984.

[ii] Quignard, Pascal, Vida secreta, Espasa-Calpe, Madrid, 2004.

[iii] Platón, El banquete, Folio, Barcelona, 2006.

[iv] Paz, Octavio, La llama doble. Amor y erotismo. Círculo de Lectores, Barcelona, 1993.

[v] Vincent, Jean-Didier, Biología de las pasiones, Editorial Anagrama, Barcelona, 1987.

[vi] Gurméndez, Carlos, Ontología de la pasión, Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1996.

[vii] Vincent, Jean-Didier, Obra op. cit.

[viii] Paz, Octavio, Obra op. cit.

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