La lengua de Eros por Antonio Tello

Por Antonio Tello

La realidad amorosa es la fuente de un poderoso lenguaje que comunica los cuerpos, pero que desaparece en cuanto trasciende la intimidad y se socializa.

Lo que llamamos lenguaje erótico es en realidad un artificio lingüístico que en cierto modo traiciona el lenguaje amoroso original. Este lenguaje, que excita el cuerpo de los amantes, es expresión de una realidad acotada en el abrazo. Se trata de un lenguaje hecho de sonidos ininteligibles, fonemas inarticulados y palabras -quizás reconocibles, domésticas, ordinarias y procaces en el mundo exterior-, que en ese momento y lugar tienen la virtud de transformar la mecánica del acto sexual en una metáfora de los sentidos y disolver la carne en algo genuino y luminoso.

Por esta razón, cuando los amantes entran en el territorio de la intimidad dejan en la frontera social el lenguaje instrumental con el que se comunican con los demás y emplean uno propio, original e intransferible, que, apartándolos de todo aquello que los enajena de su propio mundo, los adentra en un universo donde el placer es representación sentida de la eternidad. Un universo donde las palabras sociales se revelan inútiles para definir y expresar esa realidad hecha de pálpito e intensidad. Si, por ejemplo, decimos «caricia» es tan amplio el campo semántico social de esta palabra que es imposible que transmita todo lo que el gesto que representa lleva consigo. La palabra no puede transmitir lo que produce el roce en la piel, el temblor interior del sexo, la temperatura de los labios, el recorrido por las curvas, volúmenes y anfractuosidades del cuerpo. La lengua social no puede penetrar al fondo de la caverna de Eros y, detenida en su boca por la convención, busca la complicidad de los labios para someter el símbolo e igualmente fracasa. Mas, en la insistencia y en la repetición de ese fracaso, la lengua de los amantes encuentra el ritual que expresa el sentido de la carne viva y, en esta liturgia, ellos se descubren hablando un lenguaje que no responde al orden lingüístico sino al exclusivo orden del placer sexual, que es indefinible e innombrable. Sagrado.

De esta cualidad del placer se infiere que en su jurisdicción, el significante precede al lenguaje y el significado es extra verbal. No puede, por tanto, hacerse inteligible sino en ese instante y en ese lugar, y en correspondencia a la sinceridad de los cuerpos de los amantes. Hecho este que pone de manifiesto que la carne necesita de la expresión del espíritu que la aviva para elevarse por encima de su materialidad.

Pascal Quignard en Vida secreta afirma que «los hombres y las mujeres sólo pueden entretejer relaciones profundas cuando empiezan por hacerse cargo de los hilos verbales y emotivos más espontáneos que preceden a la lengua adquirida, por remontar uno a uno los telares de los rituales más antiguos que constituyeron las sociedades animales…» Hablamos entonces del instinto como sustrato de este lenguaje cuyas partículas significantes son desprendimientos espontáneos de los sentidos –olfato, tacto, visión, sabor, audición-, manifestaciones de la mecánica aeróbica – respirar, jadear, acezar- y fonemas primarios –aullidos, gemidos-, que a veces se articulan en voces propias del cuerpo sosteniendo el significado único del placer. Esto explica que, mientras la caricia guía incansable el acto sexual, el lenguaje erótico se fragmenta según el ritmo respiratorio de cada lengua.

Si el instinto es el fundamento de la lengua de Eros, entonces cabría preguntarse dónde está el amor. Dada su potencialidad creativa, este sentimiento es uno de los que más ha sufrido la manipulación cultural, religiosa, política y económica, cuyo desarrollo y explicación excede este apunte. Pero convengamos con Octavio Paz cuando afirma en La llama doble, que «el erotismo y el amor son formas derivadas del instinto sexual: cristalizaciones, sublimaciones, perversiones y condensaciones que transforman a la sexualidad y la vuelven, muchas veces incognoscible.» El amor es el sentimiento que espiritualiza el instinto confiriendo al acto sexual un significado trascendente. El amor, en relación a este particular lenguaje, es esa pulsión natural que identifica a los amantes, humaniza la cópula y convierte los gestos y los sonidos guturales en secreto código de comunicación. El amor, entendido como expresión de entrega espiritual, legitima y da sentido a la entrega de los cuerpos y contribuye a la veracidad del lenguaje en el que se expresan. Esta es la razón por la que pueden considerarse sinónimos los adjetivos «erótico» y «amoroso». Por esto también cabría consignar que la lengua de Eros queda limitada o desaparece cuando los amantes arrastran a la intimidad la falsedad, los prejuicios y los tabúes del exterior.

El amor, aunque con su poderosa fuerza identificadora no logra borrar la cicatriz que deja la individuación en el abrazo de los amantes –pensemos en la escultura El beso, de Brancusi-, sí consigue hacer más íntima la cópula, más intenso y genuino el lenguaje que amalgama -como la argamasa los ladrillos de las paredes de la habitación donde se hallan-, las partículas elementales del placer. De aquí que con el orgasmo, momento culminante del placer en el que la carne comprimida se abre, los cuerpos se disuelven y la felicidad poluciona el cosmos acotado del abrazo, el lenguaje de los amantes estalla en risa gozosa, a veces reconocible como tal y otras como un hondo suspiro o un bramido interior, vestigio sonoro de un tiempo y un encuentro que se pierden como un rumor del alma tragado por el silencio.

Entonces, si la lengua de Eros es asocial y secreta, cabe deducir que aquello que llamamos lenguaje erótico es un artificio lingüístico de la sociedad. Una  sombra fónica de la intimidad traducida a la lengua social para uso y disfrute común. El lenguaje erótico social está inficionado por el eufemismo obligado por la represión cultural que instrumentan los poderes político y religioso, o por un léxico procaz que, con la pretensión de auténtico, animaliza y degrada todo vínculo erótico. La literatura no sólo cae en la trampa del artificio del lenguaje erótico social, sino que pone en patética evidencia los límites de la lengua para nombrar lo innombrable. Quizás el lenguaje poético es el que más se aproxima al lenguaje erótico porque ambos son movidos por la imaginación. Ambos son potencialmente capaces de construir la metáfora que, como tal, designa aquello que está más allá de la evidencia. El lenguaje erótico metaforiza el acto sexual convirtiéndolo en rito de los amantes y el lenguaje poético metaforiza la exploración y, al hacerlo, erotiza la cópula de los sonidos que seduce a los lectores. Sin embargo, la vulnerabilidad del lenguaje poético a la socialización y a la excesiva exposición al tópico, limita sus posibilidades de una aproximación mayor al lenguaje erótico. En cualquier caso, el lenguaje poético siempre habrá de recurrir a la perífrasis para expresar lo que el lenguaje erótico puede decir con un gesto que es la vez una caricia, un adiós o el vuelo de un ave.

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