Extractos del libro Fabricando fantasmas: el teatro de Roberto Arlt de Patricio López Tobares

Primera semblanza

Sus palabras, sus ideas, dichas en un escenario e interpretadas por un actor; lo cautivaron. En la oscuridad de la sala del Teatro del Pueblo se iluminaba lo que le daba sentido y vida a su escritura. El presenciar esa magia escénica provocaría en él un efecto que cambiaría por completo su vida y su forma de escribir.

De Roberto Arlt como escritor integral podemos hacer varios trabajos. De su actividad literaria como novelista, de sus crónicas periodísticas, de su labor de cuentista. Aquí haré énfasis en su tarea teatral, que según en palabras de su hija, es para lo que realmente parece haber nacido.

Los elementos básicos biográficos nos dicen que Roberto Godofredo Christophersen Arlt nació el 26 de abril de 1900 en Buenos Aires, barrio de Flores, dónde en aquella época residían un pequeño núcleo de familias alemanas de modestos recursos. Por razones que no se conocen, él mencionaba su fecha de nacimiento unas veces el 26 de abril, otras el 7 y otras aun el 2. Quizá no lo sabía con certeza dado que no habrían anotado su nacimiento como correspondía.

Con una vida familiar complicada, y una situación económica muy precaria, Arlt desarrolló un carácter rebelde pero de sobreviviente. Su formación es absolutamente autodidacta y sus circunstancias de vida lo lleva a frecuentar con seres que serían luego sus personajes, y a nutrirse de autores que serían sus maestros.

Fue secretario de Ricardo Güiraldes, amigo de Conrado Nalé Roxlo, periodista en Crítica y en el diario El Mundo. Escribió sus Aguafuertes exigido por la entrega semanal, y al mismo tiempo trabajó en sus novelas, cuentos y obras teatrales. El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas y El amor brujo tejen la intriga de hombres y mujeres que conspiran y ocultan sus verdaderos seres detrás de las máscaras de la complicidad, en una ciudad donde, tras el marco de la marginalidad y la pobreza, el sexo y la traición son las nuevas monedas del intercambio humano.

Su vida no es ajena al tener que hablar de sus obras, literarias y teatrales. En ellas plasmó todo lo que amaba o lo atormentaba, con una carga autobiográfica increíble.
La vida de Arlt es de un maravilloso desequilibrio, torturada por infinitos fantasmas, por obsesiones que habitan su espíritu durante días y días. Y en medio de esos dolores, de esas angustias cruzadas de ambiciones de gloria, de sueños incontables, se desplaza una incontenible alegría de vivir, un amor inmensurable por la vida, que lo hace mirar con espanto a la muerte.

Su primera obra es 300 millones, en el Teatro Del Pueblo dirigido por Leónidas Barletta. Esta obra es un verdadero éxito de público y crítica, lo que dio lugar a su publicación por parte de la editorial Rañó, junto a otra obra llamada Prueba de Amor. Después de este éxito, publica en La Nación dos obras cortas que denomina “burlerías”: Un hombre sensible y La juega de los polichinelas, que nunca llegan a estrenarse y se da a conocer. Estas obras confirman su enamoramiento y encendida pasión por el teatro, a tal punto de que ya no volverá a escribir novelas. El teatro le abrió una nueva puerta. Descubre que le fascinan la representación con su singular aquí y ahora, las infinitas reiteraciones, que cada vez suceden de una manera diferente, el engranaje grupal tan opuesto a su soledad de escritor. Dicen que asistía a todas las funciones de sus obras, se sentaba al final de la platea y, terminada la representación, seguía atendiendo los comentarios de la gente.

Roberto Arlt al convertirse en dramaturgo, relataría por medio de la acción y a través de personajes vivos. Lo entusiasmaba la posibilidad de inventar mundos, de ensamblar códigos simultáneos, orquestar el color, la música, la gestualidad, el espacio y el tiempo. Quiere abarcarlo todo. De ser posible crearía su propia música. Piensa en presentaciones audaces, en creativos lienzos geométricos para sus escenografías y en producir sorprendentes efectos lumínicos, decretar la preponderancia de un color sobre otros en servicio de la significación. Las condiciones paupérrimas del Teatro del Pueblo a veces, muchas, conspiraban contra esas grandes ideas.
Señalemos, que el nihilismo arltiano testimonia la crisis de un dramático momento de la vida argentina, y constituye una denuncia en cuyo fondo se trasluce la búsqueda de una plenitud inhallada en ese medio.

A Trescientos Millones le siguen Saverio El Cruel, drama bocetado en “Escenas de un grotesco” y “La cabeza separada del cuerpo”; La Juerga de los Polichinelas (no estrenada en vida), La isla desierta, El Fabricante de Fantasmas (su única obra “comercial”, fuera del Teatro del Pueblo), África, El criador de gorilas, entre otras, La fiesta del hierro su última obra estrenada en vida, y El desierto entra a la ciudad, su última obra escrita. Que no pudo estrenar pues la muerte, lo sorprendió, joven, en Córdoba, el 26 de julio de 1942.

Claves de su postura ética

Para lo único que sirve la ética es para intentar mejorar a uno mismo, no para reprender elocuentemente al vecino; y lo único seguro que sabe la ética es que el vecino, tú, yo, y los demás estamos todos hechos artesanalmente, de uno en uno, con amorosas diferencias. Fernando Savater

En todo lo que escribe Roberto Arlt, está comprometida su sinceridad; su cruel, descarnada, vertiginosa sinceridad que da a su obra un carácter inconfundible de hecho inmediato, sin postergación, atrapado al paso y en momento mismo en que se nace. El proceso de la espera, de la decantación, del análisis, no cuentan para Arlt que es incapaz de permanecer con una idea en la cabeza sin darle forma enseguida, trasladarla al papel, ponerla a continuación de la última anotada.
Pero bien entendido que lo que pone en las frases que quiere representar en el escenario, es la crónica interna de sus sentimientos. Porque su tiempo es él mismo y sus personajes se solidarizan todos, aún el menos importante, con sus propias, íntimas, minúsculas, infernales angustias. Y esto sucede no sólo con los personajes masculinos, sino que lo diabólico, lo enfermizo, lo ingenuo o lo desorbitado, aparece también en sus escasos personajes femeninos a quienes atribuye y dota de reacciones que le son familiares y viven dentro de él, pegadas a él como la carne al hueso, como la raíz a la tierra. Es, antes que nada, sincero consigo mismo, con una sinceridad pesimista pero no resignada; dolorosa y arbitraria, despareja, oscura y fuerte. Una sinceridad que le impide claudicar o someterse a la tolerancia, a la concesión, al interés e inclusive a las elementales buenas maneras que provocan simpatía. Es, por consecuencia de esa sinceridad, que el dramatismo constante de los conflictos que plantea flota a manera de clima denso, irrespirable, asfixiante, en toda su producción y da la medida exacta de esa laberinto sin salida, intrincado, y siniestro que en los pensamientos y en las sensaciones de Arlt se autodespedazan llevados por un confeso deseo de luz, de pureza, de estabilidad, que nunca adquirirá ni siquiera vislumbrará como fórmula de salvación. Sinceridad fundamental.
Por eso sus personajes no abandonan esa manía expiatoria de la justificación y así, cada uno de sus actos, aún el más descabellado, es sometido por boca del protagonista (siempre Arlt en el fondo) a una detallada y a veces fatigosa explicación de razones, causas y efectos que lo mueven a ejecutarlo.
Bajo la cáustica y sombría vigilancia de esa sinceridad, nacen, viven, se desangran en un no muy heterogéneo número de seres que estarían destinados a permanecer en el teatro argentino como ejemplos menos revolucionarios que anárquicos.

Hay un reflejo social en su obra. El relato nos lleva del estrato de los objetos representados al de las cualidades metafísicas. Allí la motivación clave de su obra, el hombre humillado formula dos posibles soluciones: el ejercicio del mal o la huida.
El medio en que esos hombres de Arlt viven y sufren (tal cómo lo hace él mismo en su propia vida), ese oscuro Buenos Aires que es también elemento constituyente de la obra, proyectándola como una indagación de la vida social de los argentinos.
En obras como la de Arlt es la realidad social contemporánea la que brinda los hábitos de la sensibilidad, las costumbres y los valores de los personajes, los tipos de opresión y de conflicto.

“Arlt se entusiasmaba más con las personas que con la literatura. Le interesaba siempre más un hombre que un libro y despreciaba a los escritores que anteponían la función artística a la realidad del arte. En su producción se refleja singularmente esto. O sea: una gran preocupación por las cuestiones de la vida…” Elías Castelnuovo

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s