Drugstore- por Alberto Cisnero

Drugstore

Alberto Cisnero

 

OCURRIÓ EN UNA LOCALIDAD MEDIEVAL con drugstores. En el kilómetro sesenta y cinco de la ruta tres. Provincia de Buenos Aires. Llanura. Había una parroquia. También una biblioteca pública ubicada en uno de los extremos de la plaza principal. Leía aquello que me llamaba la atención de los volúmenes dispuestos en el estante. Es el segundo principio de termodinámica para cualquier desocupado lector. La energía total del universo si bien se mantiene constante, éste es su primer postulado, está afectada de entropía. Esto es, tiende a degradarse, incomunicarse, desordenarse.

Accedía a ese otro mundo tembloroso que estaba contenido entre las dos tapas de un libro. A menudo concluía llevándome antologías del siglo de oro español. Se dio el caso de un hallazgo. (Aún conservo una versión de Los siete ahorcados de Andreiev que sustraje. La ficha de préstamos había sido completada íntegramente por mí, cada vez que lo llevaba y cada vez que lo reintegraba al patrimonio bibliográfico de la institución. Un día simplemente no lo devolví. Nadie me lo reclamó). Muchos años después en un momento peligroso de mi vida lo volvería a leer. Abro paréntesis. Un momento peligroso equivale a cuando la muerte deja de ser jugar a la muerte, literatura.

En esos años todo parecía posible, cercano. No era nuestra idea del cielo pero estaba a un tris. Teníamos casetes grabados y también libros de segunda mano comprados en ferias del centro. Escuchábamos esas canciones y aprendíamos poemas de memoria, las palabras eran esas y no otras. Suficientes en su propia dirección, como un rayo. Servían para decir la desesperación y la ventura de cualquiera. Todavía no recu-rríamos a las capciosidades del diván. En literatura no se intercala agua coloreada con sangre. Al menos algunas páginas. Al menos algunas patadas en el corazón.

La prudencia del jipismo que escribía para jóvenes comenzaba a resultarme ajena. Hubo un tiempo en que leía suplementos para jóvenes. Solían incluir bosquejos biográficos de escritores. Promoción de la lectura o algo semejante. Luego hubo que buscarlos en otros lados. Era de prever. Esa gente tenía sus héroes. Sus recuerdos de fogatas estivales. Su pasado mejor.  Y sus héroes y llamaradas estaban definitivamente en otro reino. Detrás de la garitas de los barrios privados. Iconos de la cultura. Cuando escucho ambas palabras saco el pulóver. Era lo que escuchaban los hijos de las maestras de la escuela a la cual me enviaban. Los hijos de las maestras y los comerciantes de una aldea medieval con drugstores. Me relacionaba con gente entusiasta. En su mayoría vástagos de tenderos que con posterioridad administrarían las riquezas y mercancías de sus progenitores. Negocios del pasto rural. Básicamente expendios de granos. Sorgo y otros forrajes. Y las inquietudes y vehemencias juveniles no necesitaba glosarlas junto a los ancianos.  Escuchaban lo mismo que escuchaban sus padres. Imposible que fuese rocanrol. La secuencia podría ser esa.

Sin embargo, fue en una nota periodística donde leí que un nuevo grupo de rock pesado se alistaba a grabar un disco. El texto incluía la palabra mítico y unos nombres que hasta entonces desconocía. Obtuve esos discos. Caja plástica. Reediciones posteriores vinieron en la buena conciencia del cartón. Era un disco compacto que incluía dos grabaciones. Una estándar y un simple con interpretaciones a partir del repertorio de otros artistas.

Agitando el pie cantábamos y transcribíamos las letras en libretas invariablemente pequeñas. Y pasibles de destrucción. Un profundo desasosiego contrarrestado con un incipiente anhelo de belleza. Eso sostenía nuestros negros cánticos.

A la vez empezábamos a elaborar  combinaciones posibles, acordes y trayectorias de los músicos. También queríamos tocar algunos temas en la guitarra. Con los años desistimos de ejercitarnos en los rudimentos de las seis cuerdas. Nos dedicamos a otras materias. Acaso igual de frágiles. Continuamos escuchando discos. Sin pretender novedades. Sólo canciones que tuvieran las justas palabras. Fundidas en la precaria incandescencia del lenguaje. Desechando la garantía del ego. Y para eso alcanza con furor de la frente.

En un libro de un escritor norteamericano famoso se narra un futuro en el cual todas las colecciones librarias son quemadas. Un grupo de amantes de la literatura memoriza sus obras predilectas. Las transportan en sus cabezas como bibliotecas ambulantes. Ignoramos las extensiones que la piromanía abarcará en lo sucesivo, pero disponemos de la acumulación memorística y textual de aquellas canciones que nos acompañaron en cada momento de nuestras vidas. Piezas logradas sin desplazar los dedos de las primeras cejillas. Escucho esas canciones. No todo el tiempo, sólo cuando amerita el júbilo o la oscuridad. Y las breves sumas que implican esas modalidades, ciertos discos en cierto anaquel, son compartidos con volúmenes de otros que también se empeñaron en buscar una ventana para respirar. Están allí por la congratulación del antojo. Y porque alguna vez nos modificaron  hasta la  manera  en que nos atamos los cordones de los botines.

Es una manera de obviar años y años de terror. Entendámonos cuando escribo terror. Equivale a decir la sensación de que todo puede derrumbarse en cualquier momento. Viví cuarenta años de los doscientos cinco que explicitan los boletines oficiales. Hoy el hambre es un hecho remoto, una anécdota histórica, una leyenda surgida de algún desastre natural. Soy mi propio, sucinto e imperfecto biógrafo. Un solo caso individual. Tampoco me voy a poner patético. Año dos del siglo, para los sesudos. Pero si tengo que obviarlo, lo obviaré. Junto con mis encías podridas.

Mi  cerebro  acumula mucha basura. Ya debería haber aprendido a deshacerme de esos bemoles. Pero lo relego. Mi hermano tenía su teoría al respecto. Escoger ciertas palabras y no otras en ciertos momentos. Aunque la opción fuese errónea. Si el sonido era acorde estaba bien. Hablaba de momentos determinantes. Detrás de un volante o detrás de un revólver. No aspiraba a que lo recuerden decente. Palabras modositas las llamaba. Alegás simpatía porque podés sentirles lástima. Porque podés tenerte lástima. Es la primera regla para cualquier oratoria. Y siempre se habla para uno mismo.

Hace mucho que no hablo con él. Ignoro su paradero. Antes de irse de casa, me delegó todos los libros que componían su biblioteca. Apretó el acelerador, tocó bocina y no volví a saber más de él en mucho tiempo. Lo último que escuché de su boca era que se radicaba en Córdoba. Llamó desde un teléfono público. Parecía alterado, nervioso o simplemente bajo el efecto de alguna droga. Me llevó muchos años poder escribirle el poema que demandaba le escribiera algún día. La anécdota o motivo era el siguiente. Un automóvil cuyo odómetro contuviera letras en vez de números. Y que las letras fueran indicando lo que el conductor en ese momento urdía. Acuerdesé, piense en mí cuando se ponga detrás del cuadernito, y que en ese instante atravieso campos, maizales, una tropilla baguala en la lejanía. Y que alguien me espere en el poema, en un lugar para siempre. Como si dictara una carta, porque escribirla nomás, es sólo la evidencia de un ermitaño. En el poema quiero poder mirar de frente al mundo. Ni mencione que cuando piso mierda me persigno. Y nada de sombreros. Ni use frases tales como: compelido por el vino y entre las tapas de un libro. El título ya lo tiene: robé un auto para trasladarme a las soledades vivientes. Lo demás es fácil. Tendrá noticias mías. Pero si el desafío lo abate, no importa. De acá a siempre va a ser mi hermano. Y no es un cumplido de des-pedida.

Esas cosas también pienso en esta tarde. Cada mañana trato de posar altivo ante el botiquín. Empeñado en destruir algo que siempre estuvo allí. Buscando la salvación y no encontrándola. Hoy, a tantos años de todo aquello se alejan más y más la ventolera por la ventanilla, el peligro de las luces a intervalos regulares en las bocacalles, la General Paz sobre la brillantez de la pintura, el capó escarlata, el cartel que indicaba bienvenidos al partido de La Matanza, el odómetro con astronómicos recorridos; pasan todas las fojas con membrete que se hallan en oficinas departamentales de este distrito, en los cuales algunos hechos fueron registrados, por ejemplo: allí observaron el desplazamiento sospechoso del vehículo, que transitaba de contramano y al intentar interceptarlo, el auto policial (sin identificación) casi es embestido. Los efectivos emitieron la voz de alto a los tres ocupantes, quienes bajaron rápidamente y lejos de deponer su actitud, comenzaron a disparar. Y pasan junto con la certeza de que un inulto destino se cerniría para aplacar los disturbios. La certeza de que algo nos esperaba. Y confiar. Palabra por palabra. Lo que masculláramos por jobi, saciedad o exigencia doméstica. Vienen con monstruo sorpresa, las palabras. Dependería de lo que cada uno hiciera detrás de una palabra. Veintisiete símbolos alfabéticos. Nadie resucita con eso. Por más riguroso concepto de la ficción que se arguya. Digresiones sobre las consecuencias de los mismos, puede ser. Exige una bondad moderada. Miedo o perjurio. La moderación reside en quienes detentan esas riquezas y mercancías. Darse a escarbar en la basura. Llevé a la imprenta el trabajo que me había encargado otro. Y resolví parte de las anécdotas antes mencionados. Con violencia.

En una ocasión me interpelaron sobre el contenido del largo poema que compone la parte principal del texto que finalmente se publicó en el año quince del siglo. Contesté que sobre los hechos de alguien que debió traicionar para buscar la salvación.

Ah, el tercer disco de la hache, junto con un libro, me lo acercó mi hermano mayor. Lo recuerdo. Se acomodó el cuello del abrigo. Abrió el libro, hojeó velozmente y luego dijo: estos dos productos son arte de los puños. Alcohol y honores desciendan sobre ellos. Cuentan la vida de unos muchachos que saben lo que va ocurrir y sin embargo lo hacen exactamente así. Se los regalo. Buen viaje y haga lo que pueda. Como casi todo, lo comprendería cuando ya era inútil o redundante. Que dependiendo de fechas y ocasiones es casi lo mismo.

Hoy escribí cartas, trato de conservar ese hábito. Una de ellas para Luis Aragón. Pronunciaba su apellido acentuado en la primera sílaba. Tenía una Faim eléctrica. Lo conocí en la secundaria. Intentamos armar un grupo llamado Los patanes. Abandonó la escuela en tercer año. Había desaprobado casi todas las asignaturas en ese trimestre. Su padre era yesista. Y cuando su padre enfermó de los pulmones dejó de concurrir. Vivían en el campo. Lo recuerdo a su padre. Una mañana bajó de un Peugeot cuatrocientos tres. Turquesa. Ingresó a una entrevista con el director. Durante la mañana cursábamos asignaturas en los talleres. La ilustración y la técnica. Cuando la fiesta de graduación, Luis asistió. Y rompió a llorar. Ya tenía una familia e hijos. Lo crucé un par de veces más. La última en los portones del hospital municipal. Nos hallábamos ante ese edificio, él por uno de sus retoños y yo no sabría afirmar por qué o quién. Los dos echando panza. Y volutas de humo.

Un día me fui para siempre del pueblecito donde vivía con mis padres. Pasaron los años. Así de simple. Hoy lo puedo decir así. Y hoy le escribí. Podría decir que escribir es tratar de justificarse, de demostrar algo, pero que al final no se logra y tan sólo se termina volviendo la cabeza. Como en aquellas páginas que debía escribir si me duraba la salud. Algo que empezaba con la siguiente frase: robé un auto para trasladarme a las soledades vivientes. Ya tiene casi todo resuelto, agregó luego quien me hacía la solicitud; y  no le dicto el resto por-que me tengo que ir. El dictado y los adioses, sin énfasis, hermano. Se podrá vivir de otra manera, pero conviene estar despierto.

Así pasa la vida. Las propiedades de un ácido no se modifican.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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