Un mundo de presencias. Acerca de También afuera es todo eso.

por José Di Marco

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El libro[1] toma el título de uno de los versos del poema que transcribo íntegramente a continuación: “sé que han dado el mediodía/ entre las manos/ pero nada se deshace de su sombra// también afuera es todo esto// un caballo/ dando sentido a las ventanas”. Los veintisiete poemas que lo integran se despliegan en cuatro partes, no llevan título y, como el arriba citado, son muy breves, de versos libres y blancos que se agrupan en estrofas también escuetas. Hay mucho blanco, mucho espacio vacío en las páginas de También afuera; y esta disposición gráfica armoniza con una escritura que evoca la síntesis y el pudor del haiku. Sin embargo, no se trata de una serie de bosquejos, de borradores, de apuntes abruptos sino, más bien, de una galería de imágenes tan nítidas y sutiles como las pinceladas de un acuarelista.

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La poesía de Laura López Morales (Villa Dolores, 1976) construye presencias y, por eso, atiende con igual serenidad a las transformaciones repentinas de lo visible (“nube sola/ dejó tras de sí/ vestigios de posibles dragones”) como a los rastros pesarosos de lo ausente (“porque también/ lo que no está/ hace aquí su casa”). Para que lo que fugaz y lo ausentado se vuelvan presencias, es necesario un yo deliberadamente receptivo, una mirada que se vuelca al exterior sin recelo, con paciencia de miniaturista, dispuesta a “mirar los ojos del instante” y que encuentra en un lenguaje pleno de insinuaciones y silencios su aliado incondicional. Así, cada poema de También afuera se constituye en una escena donde la persistencia de las imágenes invita al lector a que aguce sus sentidos: las formas sensibles que las palabras nombran sin énfasis pero con exactitud se disponen a la contemplación, a la escucha y al tacto (incluso). Una poesía para tocar, para oír, para ver. Una poesía austera, despojada. Una poesía que hace de lo exterior una abundancia inagotable y de lo íntimo el ámbito donde lo familiar se extraña y carga de vacilaciones.

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No obstante, esa preferencia por el afuera elude tanto la descripción objetiva como el paisajismo pintoresco. Al contrario, podría afirmarse que estos poemas son íntimos, cálidos, amables. La intimidad de los mismos (su modo, su tenor, su tonalidad anímica) proviene de un diálogo con los objetos que acorta las distancias y los sitúa en el aura de  un espacio de maravilla, de asombro y de goce. Reducido a la mínima expresión, librado de efusiones y redundancias, el lenguaje se quita protagonismo. No importan las artimañas retóricas ni la exhibición de destrezas compositivas. Lo que vale es el acto, extremadamente sobrio, de adelgazar el espesor de las palabras para que se inflamen  los sentidos, la imaginación se encienda, el pensamiento se desplace hacia una zona de acechanzas y ensueños. La poesía de Laura López Morales testimonia el contacto gradual con lo que habita, desconocido y único, en la transparencia de lo cotidiano y celebra también, con delicadeza extrema, el suave advenimiento de lo inesperado.

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El remate del primer poema de También afuera plantea una encrucijada que articula al poemario en su conjunto. Lo transcribo: “entre el derrumbe/ y sus atajos”. Esos versos son el epítome de una escritura que se ubica en los intersticios. De lo que se trata –hablando figuradamente- es de recorrer los caminos que conducen al derrumbe sin confinarse en sus límites asfixiantes. El hundimiento, la demolición, el fracaso delimitan un foco de enunciación, el enclave de una mirada, el tono de una voz, el alcance de una escritura. Desde allí se mira. Desde allí se escribe. Desde esa posición intersticial que sostiene una perspectiva desde la cual se urde un espacio por el que transitan la pérdida, la ausencia y la melancolía. En el poema que se le sigue, se destacan estos versos: “urdir una trama/ es hacer un mundo”. El arte de la poesía consiste en hilvanar una trama de significados que conecta lo disperso y acerca las separaciones; de esa reunión entre lo que aparenta ser inconciliable surge un mundo (hecho de aristas, de bordes, de contactos, intercambios y cruces). Así, los poemas de También afuera atestiguan tanto la presencia de lo existente como de los espectros que lo amenazan con la fuerza diluyente del extravío y la pena, la convergencia entre el bullir del presente y rémoras del pasado, el leve encuentro iluminador entre la percepción y la memoria.

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de qué serán

estos restos que enumero

 

esta osamenta

desperdigada cuesta abajo

 

un escarabajo azul

le anda entre las costillas

flores diminutas

en el hueco del ojo

las enredaderas

hilvanando sedientas la columna

 

esto queda

y no es poco

 

un cráneo entre las piedras

 

todo este animal

queriendo juntarse

Este poema parte de una interrogación y el horizonte abierto por la pregunta signa su recorrido y lo sostiene hasta ese final; entonces lo previo se transfigura y modifica. Así, en lo inerte, devastado y disperso se expresa finalmente una voluntad de reunión, una especie de renacimiento. Enjuto y preciso como un dibujo realizado de un solo trazo, perfila una alegoría concentrada y explosiva. Podría leerse como una celebración de la vida, que se recicla y supera el exterminio: una fusión de lo inanimado y animado, de lo vegetal que termina colándose en los restos óseos e impone su vitalidad hasta formar un altar. Pero se puede leer también como la puesta en práctica de una poética que recoge los restos de experiencias y lenguajes y, con esas ruinas, construye un mundo, urde una trama que interpela y asombra a los lectores sin estridencias, con sigilo.

Todo este poema también dice algo sobre la figura del poeta. Más que una genialidad desbordada y extravagante, lo presenta como un anfitrión hospitalario que da cobijo a lo que arriba inesperado. El que produce una forma y desaparece, luego, para que una presencia se corporice (o para que deje un rastro de ausencia luminosa).

Laura López Morales inventó un lugar, este poema, todo un libro, para que la poesía nos done su presencia lábil, fúlgida, indispensable.

[1] También afuera es todo eso, por Laura López Morales. Llanto de mudo, Córdoba, 2014.76 páginas

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