Recomenzar desde el fondo de una bañadera, por Juan Conforte

A estos grupos que se congregan aquí para el coro de este libro, les gusta jugar con la crítica. Les gusta disfrazarse de crítica para azotar sus palabras de otra manera. Ese quizás sea el principio del recomienzo que rige estás páginas editadas este año en Editorial Teseo, Córdoba: un escribir pese a todo, ya sin alentar el paso de una línea, sino saltando sobre ella como en el patio de La Crítica. El disfraz de este número es la ciencia ficción. No crítica y ficción como pretendía Piglia sino, como un género que incluye la crítica dentro de la ciencia ficción o la literatura fantástica. Libro repleto de seres: hombres lobo, luciérnagas, ángeles, ninfas, fantasmas, desaparecidos, moscas, muchas moscas, animales policefálicos y un mundo, una zona (que no nos animaríamos a llamar mundo) que se descompone alrededor. No vamos a negarlo, algo huele mal en este libro. Tal vez sea la descomposición de las grandes palabras a las que hoy sólo las moscas se animan a acercarse: origen, génesis, sustancia, historia, futuro. Pero estoy casi seguro que lo que se descompone en estas páginas es el Libro mismo. La pregunta de la crítica ficcional es: ¿cómo escribir cuando la papirocracia (usando el término de Lem[1]) ha llegado a su fin? El libro se descompone, se desintegra, el papel ya no puede sostener la escritura; pero no porque como supone Lem un virus interestelar, un deus ex machina vino a destruirlo; el libro papel no puede sostener la escritura porque no queda nada por escribir más que un automatismo del que ya, re-conozcámoslo, estamos cansados hasta el agotamiento. No es extraño entonces que este libro abandone toda pretensión libresca: no hay autor, no hay obra en el sentido de la unidad, hay un montaje de citas que repitiéndose logran una constelación, hay reseñas de otros libros, señas de otras escrituras, hay una comunidad disruptiva, una continuidad en continuo interruptus.

 

Esto, señor*s, no es un libro. Asistimos con él a un fin, el fin de la papirocracia a la Lem. Pero, también hay que admitirlo, hasta el mismo Lem tuvo que ficcionarse un fin para darse un principio y no lo hizo sino a través de un libro sobre el fin del libro. Darse un fin, inventarse un fin, dar por concluido nos obliga a un nuevo comienzo. Toda crisis, todo cambio de épocas, dice Hannah Arendt en torno a Broch (y a La muerte de Virgilio), es al mismo tiempo principio y fin. Tal circunstancia encierra  tres facetas: el “ya no” del pasado, el “todavía no” del futuro, y el “ciertamente ya” del presente. Estas tres facetas dislocan toda temporalidad y todo el espacio que la temporalidad toca; entramos en una especie de no-tiempo o tiempo de re-comienzo. El recomienzo, según es abordado en este libro, es una forma de anudar la temporalidad de la imagen y la temporalidad del concepto más allá del automatismo de repetición presente en la historia. Nuevo pliegue cuyo tiempo es ciertamente “ya”, ahora, una especie de precipitación violenta. Es decir que hay un principio del fin al que debemos abocarnos. Este no-libro, entonces, sería un epílogo que serviría de prólogo a un nuevo fin de la crítica.

 

Pero al ser precipitado, al ser en una temporalidad que es no y ciertamente ahora, existe la idea, en este no-libro, de que cualquier recomienzo llega siempre demasiado tarde o demasiado temprano. Y eso fundamentalmente porque los recomienzos, incluso los cósmicos, se dan dentro del lenguaje y al lenguaje llegamos siempre demasiado tarde y demasiado temprano. Él, que ya ha recomenzado incontables veces, viene a recomenzar en nosotros otra vez. Demasiado tarde, porque en el momento en el que llega, lo esencial ha quedado sin decir. Pero por eso mismo llega demasiado temprano. Las palabras con las que nos baña la contingencia de nuestro comienzo tampoco podemos alojarlas. El lenguaje nos tempranea, diría algún Heidegger  de sierras chicas. Lo que queda por fuera del lenguaje (lo anterior), lo que del lenguaje queda por fuera (lo presente), nos pone a dar vueltas, a salir de eje, fuera (lo futuro o mejor lo incierto). Fuera significa al mismo tiempo en o hacia la parte exterior como antes o después de tiempo. Deberíamos decir también que no se trata de “el lenguaje”, llevando un nuevo Dios al panteón de la crítica; tal vez sean diversos lenguajes, diversos choques con los dichos. Blanchot llama “decir” a ese desfasaje, a esa comunicación de unos imposibles que insisten entre los dichos. Sobres esos restos inasimilables se hace un recomenzar, o mejor, para seguir con Blanchot, una exigencia de recomienzo. Exigencia que es a la vez artística y política.

 

El libro cambia la palabra generación tan cara a las vanguardias y a las producciones intelectuales del siglo XX, por la palabra comunidad que se repite aquí y allí. La exigencia comunitaria a la que apuesta el libro, no obstante, no es la de la comunidad como sustrato, ni la libre asociación voluntaria de  individuos. La comunidad del recomienzo, o la comunidad del recomenzar, apela al choque contingente de lo que no está representado, historizado, es decir con lo, de nuevo, disruptivo que hay en cada ser. Por eso es un libro donde abundan los monstruos y las monstruosidades. Monstruos que sólo pueden transitar en el mundo incivil de la poesía y el arte (reconociéndoles a ambos un cierto dispositivo civilizatorio también). Así lo que está en juego, paradojalmente, en el recomienzo que propone el libro es la transmisión. Está claro que en esta comunidad del recomienzo no se trata de repensar, repasar una herencia, no estamos en la pesada lógica de la carga moral que conlleva lo heredado. Se trata de otra cosa. Se trata de transmisión. ¿Cómo transmitir lo intransmisible, es decir lo qué no tiene tiempo, ni historia? ¿Cómo transmitir ese lenguaje, esa imagen, que no poseemos? En el mismo gesto de transmisión hay entonces un inicio, cada vez. En el fin, en el desierto del fin, se trata de encontrar los gestos fundantes, no las historias o las génesis. Se trata en todo caso de encontrar no el sustrato desde donde fundar, sino el gesto fundacional mismo. El prefijo trans, de transmitir, se refiere a un “más allá”. El gesto es lo que está “más allá” del mensaje, del contenido, del argumento. Sobre la pista de ese “más allá” se detiene este libro. En gestos fundacionales de diversas poéticas y vanguardias artísticas.

 

Para finalizar y no aburrir sobre un libro que no lo propone, diremos que entre otras paradojas que plantea, está aquella que dice que para que haya recomienzo debe haber primero una puesta en inestabilidad. Una puesta en cuestión de todos los pre-supuestos que daban una forma como estandarizada, como permanente, y desorbitarlos. Desde ese descentramiento lo que retorna, lo que insiste, es cierto vacío. Desde la imagen aquello que vuelve es, como lo muestra el texto de Didi-Huberman, un cuadro en blanco; y desde la poesía, cómo también dice Huberman esta vez desde el texto de Gabriela Milone, un tartamudeo, o un tartamu(n)deo.  Es decir que no se re- comienza sino es desde cierto vacío esencial que ya habita en la historia del arte. Re- comienzo es conservación, transmisión, de y desde un vacío esencial. Dijimos, es un libro paradojal. Re-comenzar implica des-hacerse de todos los saberes previos, incluso los más preciados; no destruirlos, sino destituirlos. Por eso el recomienzo no es un simple cambio; ya sabemos, los cambios no cambian nada. En la política y en el arte, los cambios apuntan siempre a un imaginario, a un espejo. Los cambos son cosméticos; el recomienzo, en todo caso, apunta a lo que causa, a eso que nos causa sin que podamos darle una representación última y que, como las memorias que aquella lejana y futura civilización encuentra como prueba de nuestra existencia, de la existencia de la papirocracia, más que en un espejo, la encontraremos bien al fondo de una blanca y vacía bañadera.

[1] Stanislaw Lem, Memorias encontradas en una bañera, Bruguera. El libro de Lem se centra en un futuro que ha perdido los rastros de nuestro tiempo ya que un virus interestelar ha destruido todo el papel del mundo. Al no poder fijar la escritura de una modo más permanente, hemos quedado perdidos en los registro de la historia universal.

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