Tomarse el 33 (crack en la evidencia), reseña sobre Crack de Gabriel Pantoja, por Daniel Groisman.

Ahora me parto al centro como una naranja del libro de poemas que me toca escribir y, encima, negarme:/no fui yo”. ¿Podría intentar un fucksimil de ese fragmento de los comienzos de Crack, para comenzar? Aun si no habría modo de producir voluntariamente que algo similar copule con mi escritura, lo intento: “Ahora parto al centro con el libro de poemas que me toca (comentar) y me sonrojo aunque me niegue, porque ¿qué voy a decir?, ¿que no es a mí?”.

Subir a un colectivo sin jerarquías, el 33, tomar la curva, ser la curva, el arco, “el instante elástico de la suspensión”, no ir a ningún lado, estar en todos, “romper un punto de vista”, que las ideas caigan como el agua del Suquía en el parabrisas, que se hagan agua los helados (de la comprensión). “Es así: subía al 33. tomaba asiento y en ese momento por la ventanilla vi/dos momentos: la piedra y vos”. ¿Cómo es que alguien ve momentos? Es que alguien puede estar loco. Aunque loco es pretender un afuera de la locura para sancionar los momentos de alguien que los ve. Entonces, mejor decir que su lengua es “una bestialidad/construyendo la rapidez con que será desintegrado el peso de tus repisas”. Pero, ¿acaso una bestialidad puede construir rapidez? Comprensión.

Damas y caballeros, interrumpo un segundito. Esto es una reseña de Crack, un libro de 40 poemas de Gabriel Pantoja con hermosas ilustraciones de Luis Silva. Es domingo y son las doce y cincuenta y tres del mediodía. Viajo en el 65 hacia la plaza. Les comento que fue publicado por Ediciones La Terraza en 2015 con un diseño que no había visto jamás (en la tapa del libro hay que tirar de una solapa con precisión para que aparezca el título). Así: crack. ¿Me olvido de algo? Sí, que Gabriel nació en el 78.

Quiero proponer un principio para leer Crack. Sería el siguiente: “Crack no se puede leer”. Partamos de ahí, ¿de dónde? No sé. Me explico, crack no se puede leer porque Crack no permite que haya lector y escritor como personas gramaticales de una actividad que comienza y termina por separado. Hubo un esquema célebre de la lingüística: emisor-mensaje-receptor. Hubo otro de la lectura: escritor-libro-lector. Hay tan bien Crack.

me agaché hasta mi sombra y encontré/ rotos los significados:/vi ahí/mi posibilidad”. Ahuecar es un topos para el poema, su sitio. Dicho de otro modo, nadie encuentra roto el significado si no tiene la paciencia de crear topos para que otros los pisen y en algún momento caigan. O si no encuentra “33 maneras de hacer estallar un mirlo”. Es decir, 33 maneras de no poder cambiar el destino de un colectivo hasta que se da, hasta que ceda.

el laberinto de varias cabezas es mi unidad

¿La singularidad es la imposibilidad de que finalmente seamos individuos y la refutación parcial del funcionamiento perfecto del colectivo? Si así fuera, en Córdoba, sin esgrimir muchas razones de mecánica (cultural), ya sabemos que el colectivo se refuta cada día a sí mismo. Por lo tanto, la singularidad estaría al alcance de la mano, pero parece que es más cómodo trasladarse en lo indiviso. Ya que lo indiviso no tiene ventana y corre poco aire, es decir hay menos peligro de resfrío o alteridad. ¿Conclusión? Nada es más laberíntico que lo que está al alcance de la mano.

dios es la promesa de un recorrido”, pero no hay dios, se hace dios al andar. Entonces el 33. Entonces 33 el. El 33 entonces. El entonces 33. 33 entonces el. 33 el entonces. La sintaxis es la promesa de un recorrido. Dios es la sintaxis. Dios es la ciudad sin taxis. Entonces el 33.

“estoy hace quince años en ese martes de la plaza (…) flojo de mí: pensando en que había centro en las cosas”. ¿Se pueden pasar quince años en ese martes de la plaza si no hay centro de las cosas? Flojo de mí por dudarlo, ¿no? Si hubiera centro de las cosas, habría centro de las cosas. Punto. Pero uno dice centro y aparece en una plaza. Y uno está en la plaza y le dicen “flojo de vos, pensando”. Además, ¿quién está hace quince años en ese martes de la plaza cuando lee estoy hace quince años en ese martes de la plaza? A quien se le pantoja leer el libro, es decir a quienquiera que lo reescriba.

Crack, pasta base, flagelo para la evidencia.

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