El día que me muera, por Gastón Sironi

 

Proyecto para un epitafio

 

Proyecto para un epitafo:

Yo quería más.

 

Así le dije, El día que me muera. Ella me había preguntado, dramática, ¿Entonces no te voy a ver más? Y yo le respondí, el deseo apenas contenido, Me vas a ver el día que me muera. Sus nervios retorcían una cadenita entre los dedos. Yo tenía furia en la punta de las manos.

Estoy en el velorio de P. y ella también está, y por eso sé que hoy será el día de mi muerte. Aunque los médicos digan que la mancha está achicándose. Lo mismo le dijeron a P. y ahí está el cajón. Pasaron dos años, es increíble que hayamos logrado pasar dos años sin vernos. No, no lo es. ¿Cómo se animó a venir al velorio de P.?

Estoy en una esquina de la sala haciendo fuerzas por no hablar. No ahora que él me escucha y también me mira desde el cajón, los ojos como prótesis de acrílico, con las venas muertas y las lágrimas secas.

Tengo una libreta, inútil como todas. Escribo en el velorio de P., el día de mi muerte. Inútil, como todas.

El cajón, en este momento P. estará puteando por el cajón que le compraron, categoría pami, tres manijas. Es de pino. Sí, debe estar puteando: las manchas nos habían conferido una cierta arquitectura aristocrática, una pátina, no sé, el secreto, los rituales. Ahora estará oliendo la trementina y rumiando palabras que le disgustaron siempre: aguarrás, diurético, astringente.

Y todo lo demás también: la sala celeste, los hombres con sus corbatas. Los gestos adocenados. Las coronas de gladiolos, las letras doradas que las firman, la jerarquía del gasto. Las frases hechas que morirán poco después de él, después de nosotros, media columna de frases hechas en los Avisos fúnebres de La Voz: Con gran entereza y fuerza de Espíritu sobrellevó una larga dolencia; Marido amante y padre ejemplar (lo imagino burlándose: lo que podría hacer un mal redactor con una coma; lo que podría hacer un corrector despechado).

También puedo imaginar su risa, mañana temprano, cuando la telefonista del cementerio diga que no, que la última parcela libre de la familia la vendió el mismo P. el año pasado, que no queda un solo lugar para morirse en paz cerca de los cipreses familiares; sí hay allá en los lotes nuevos, pero no tienen sombra todavía y los deudos abandonan a sus muertos en el páramo de tierra, todo un bosque lleno de muertos y en el páramo apenas dos parcelas ocupadas, tres a lo sumo. Puedo oír su risa, el cálculo de placeres y escrituras, el último viaje pagado con el terrenito del cementerio.

Sigo en mi esquina, a salvo, con la libreta. Resulta cómico sentirme a salvo el día de mi muerte.

Y la veo llorar sola. La mancha, los tres teníamos un patrón similar, una miríada de puntos violáceos que iban expandiéndose hasta fundirse, una amalgama de mercurio entre el páncreas y el hígado. Ella llora sola porque acá en la sala nadie la conoce, todos vienen a saludarme y las frases repetidas me sirven para evitarla un poco. Muy poco.

La mancha que mató a P. y que hoy va a matarme y que pronto la matará. Fue ella la primera en tener los síntomas, el cansancio inusual de las pupilas y un sudor nuevo que olía a naranjas, a mango. P. lo intuyó pronto y nos arrastró a hacernos los análisis.

No, no llora sola. Me tiene a mí acá, arrinconado con mi libretita, un boxeador que apenas llega a poner los guantes para amortiguar los golpes.

Muy rápido, tan rápido. Para los tres. La mancha, una sombra semántica que nos cubría y nos dejaba en la temperie más feroz: los años anteriores, los días en que nos conocimos, la intensidad del tiempo.

Morir en la propia ley. Nos obsesionaba esa idea, y más que ninguna otra cosa era lo que nos unía, lo que nos dejaba sabernos iguales. Eso, y la certeza de no poder manejar el deseo, de sentirnos atravesados. No la imagen del barco a la deriva. No el timón hundiéndose para siempre. Más bien la sensación de ser el agua misma. Un apenas mar. Un lago, sentirnos navegados como un pequeño lago, barlovento, sotavento, barlovento.

P. parece inquieto en el cajón, los codos apretados contra la madera. Yo me aferro a la libreta, van a sobrar páginas. Ella llora. Ella, P. y yo. La propia ley.

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